El Virreinato de Méjico (parte 2 de 3)

Continuación de la Conferencia de Don Enrique de Aguilera y Gamboa (XVII Marqués de Cerralbo)

Hermoso y consolador momento es aquel, en que fatigados los ojos de recorrer sobre muchas y sangrientas páginas de la Historia; cuando el espíritu parece abatido y el ánimo contristado y el horizonte se cierra entre brumas de sangre, de incendios y de lágrimas; cuando de la tierra borran sus contornos la ciudades entre las nubes de polvo que levantan los jadeantes corceles de los usurpadores; y cuando ni en los aires se producen, ni los ecos repiten, otro ruido que ayes de desolación y crujir de látigos y cadenas, el angustiado corazón descanse, la voluntad se liberte, la esperanza se avive y el pensamiento se engrandezca viendo surgir un oasis de paz y bienandanza en aquellos fastos que son sublimes en la Historia por cristianos, patrióticos y civilizadores.
Admirable espectáculo; lección magistral, asilo venturoso en que se extasía y descansa el noble peregrino del estudio: momento consolador que nos representa a aquél en que el desterrado de la patria vuelve a repasar la frontera, y en el horizonte alcanzan sus ojos lo que ni un instante dejó de contemplar su corazón, la bendita torre de su parroquia.
Así, aunque ligeramente, pero con horror, hemos caminado a través del Anahuac, recorriendo el bárbaro panorama de los torrentes humanos del Aztlan; y si con asombro y admiración hemos seguido al gran Cortés en su campaña por la Cruz y la patria, llegamos por fin al oasis reparador en que el corazón se tranquiliza, y todo descansa menos la gloria; y así vemos surgir el monumento más grandioso del poder, la más brillante aureola del trono, la más sublima producción de la idea humana, el código incomparable de las benditas leyes de Indias; y como gigante y adecuado pedestal para este coloso, el noble, heroico, sabio, protector, español y cristiano Virreinato de Méjico; y vémosle, en su trono y a su alcance, construir en el antiguo campo de batalla la universidad; los fuertes en las fronteras; en las mazmorras de los esclavos, en los caritativos montepíos; en las costas las armadas; en las tierras vírgenes, las colonias; en el palacio, la imprenta; sobre el adoratorio, la catedral; y con el sudor del honrado y general trabajo hasta lavarse de nuestras manos las manchas de sangre.
Y como surgiendo de este Parthenón de Virreyes, destacan sus grandiosas figuras y alzan al cielo los gigantes brazos para mostrar a ambos mundos el incomparable código, sus admirables ejecutores y representantes, Mendoza el de Tendilla, Velasco el del Condestable, Rivera el Arzobispo, Acuña el de Casafuerte, Bucarelli el Bailio, y Güemes Pacheco, el de Revillagigedo.

AntonioMendoza
Don Antonio de Mendoza, Primer Virrey.

Duéleme que por ingratitud o abandono no se alce en Méjico entre bronces y mármoles este soñado monumento de mi patriótica fantasía; él fuese la honra y la gloria de ambas naciones; él quien recordase a América que España fue su madre; el un lazo, el más íntimo y fraternal, entre mejicanos y españoles: recordad a los indios quiénes fueron esos seis grandes virreyes, popularizad las leyes de Indias, alzad luego un monumento a la madre España, y de seguro que no hay a los pies de aquellos mármoles ni una cabeza cubierta, ni una rodilla que no se doble, ni una mano que no se tienda, ni un mejicano que no caiga en los brazos que le ofrecemos, llamándolos, aunque cada uno por su nombre nacional, todos hermanos.
Jamás se ha visto en otra historia que en esta de Méjico, en el período de que nos ocupamos, unos reyes, unos legisladores y unos gobernantes con más decidido propósito y desvelada atención, regir por varios siglos los acontecimientos, estudiar las naturales mudanzas de las épocas, velar por sus súbditos y conformar con todas las necesidades en defensa de todos los intereses y en gloria y grandeza de la patria, sus actos, sus leyes y su poder.
Si el soberano católico ha de existir para que sus súbditos y su tierra, sobre la que es representante de Dios, purifiquen y salven sus almas, defiendan y engrandezcan su territorio, se desarrolle el trabajo, el comercio, la industria; y toda la laboriosidad y la inteligencia tiendan al legítimo progreso; si ha de afirmarse entre los hombres la paz, contenerse las demasías de los poderosos y defender y amparar y acudir a los pobres; si a los pueblos ha de conducírseles a la grandeza material desde la moral grandeza, los Reyes de España, y en su representación los Virreyes de Méjico, realizaron estas aspiraciones y estos beneficios.
Voy, pues, a demostrarlo: tarea fácil y simpática en la que no huelga ningún elogio; porque mayores merece el Virreinato de Méjico de los posibles a mi pobre inteligencia:
Pero ni cumple a mi intención, ni es de oportunidad en este discurso, ante concurrencia tan docta, reseñar los acontecimientos por su orden, ni hacer la enumeración de los virreyes por su cronología: me limitaré a las necesidades graduales necesidades de un pueblo; y a presentar junto a cada una el virrey que la satisfizo: grandiosa parada de honor en la que van a desfilar héroes y legisladores que, si hijos fueron de España, ejemplo y gloria son del todo el mundo porque el beneficio y perfeccionamiento de la humanidad no reconocen fronteras.
La primera necesidad y aspiración en un pueblo, como en el individuo, es el conocimiento de la verdad absoluta, que es la patria del alma.
El descubrimiento de América y la conquista de Méjico se hizo para la Cruz, y desde el primer virrey al último, dieron necesaria y decisiva protección a la Iglesia católica, que engrandeciendo la dignidad humana, estableció la verdadera libertad, y unificando la especie por el amor y la caridad, borró los valladares que apartaban al pobre del rico, y al indio del español.
El acertado y sublime espíritu y gobierno colonizador de la Iglesia y las órdenes religiosas, tema especial ha sido de otras conferencias anteriores que aquí, con alta inspiración y luminosos estudios, llevaron a las más completa comprobación el convencimiento de que España les ha debido muchas veces la integridad de su territorio, y siempre su ilustración y su gratitud.
Evítome, pues, aunque con sentimiento, la enumeración de los obispos y los misioneros que con sus gloriosos actos demuestran mis afirmaciones, pero aun así los encontraremos de continuo al lado de toda grande obra, para iniciarla o protegerla.
El desconcierto de una gran conquista y la novedad en el país de todos sus fundamentos, obligaron a la Iglesia a estudiar y prever sus necesidades; y los virreyes, apresurándose a proteger sus cuatro concilios, hallamos a D. Luis de Velasco, en 1553, escoltando al presidente, arzobispo Montufar; y cuando, en 1564, muere aquel gran Virrey, durante el Concilio segundo, demuestran los obispos cuántos eran sus méritos y cuánto bueno se le debía, conduciéndole en sus hombros hasta la iglesia de Santo Domingo.
En el corto virreinato del gran arzobispo Moya de Contreras, de 1585, se reúne el tercer Concilio mejicano, y logran sus decisiones la solemne aprobación de Sixto V: y sólo en 1771 congrega el cuarto el arzobispo Lorenzana, durante el gobierno del honradísimo Marqués de Croix.

LuisdeVelascoI
Don Luis de Velasco, Segundo Virrey de la Nueva España

Gran Desarrollo alcanzan la Iglesia y las órdenes religiosas hasta ese grave suceso, pues había en Nueva España 179 conventos de frailes, 85 de monjas y 1073 parroquias; pero sus virtudes eran tantas y tales, que conquistando el corazón del pueblo, le hallamos siempre protegiéndoles; así, cuando, en 1624, el virrey Marqués de Gelves, se indispone con el Arzobispo y llega en su enemiga hasta perseguirle, y que, para salvarse, tenga el Prelado que acogerse a su templo, y presentar la hostia consagrada, a fin de detener la espada del capitán Armenteros, la población se subleva, y asaltando el palacio, en donde heroicamente se defiende el Virrey, no logra salvar la vida sino con otra nueva prueba del profundo amor y respeto del país a la religión; porque, acogiéndose a la iglesia de un convento, diéronle por inmune, y en la puerta de la basílica cedieron todos los odios y cesaron todas las persecuciones.
Si no a tan grave extremo, se repiten también en 1664 parecidos ataques populares contra el virrey Conde de Baños, por su indisposición con el Obispo de Puebla, Osorio de Escobar. Y al realizarse aquel despojo y tropelía que en 1767 expulsó de todos los dominios españoles a los gloriosos hijos de San Ignacio, se produjeron gravísimas alteraciones por el pueblo, alzado en su favor, en cuanto se supo lo misteriosamente que el Marqués de Croix los había embarcado en Veracruz para Génova.
Todas estos sucesos, escogidos entre muchos, acreditan la popularidad amorosísima que logró la Iglesia en Méjico; pero si es del caso demostrar con algunos otros actos la patriótica acción de la misma Iglesia, no deberíamos pasar en silencio aquella gravísima escisión de 1589, entre el virrey Marqués de Villamanrique y la Audiencia de Guadalaxara, que dividiendo a los españoles, los lanzaban a la guerra civil; y cuando los dos ejércitos en Analco se disponían a la batalla, y tal vez a la ruina de nuestro predominio en Méjico, el gran obispo Arzola se lanzó en medio de los enemigos, y mostrándoles el Santísimo Sacramento, él solo los apaciguó, de tal manera, que cesaron todas las divisiones, con gran beneficio de España; y no fue menor el que hizo el tan ilustre Obispo de Guadalaxara, don Alonso de la Mota, en 1603, cuando insurreccionados los indios de Topia, durante el virreinato del Conde de Monterrey, marcháronse en son de guerra a los bosques, y no hallando forma de reducirles a la obediencia, bastó que el Obispo de Oaxaca, D. Alonso Cuevas, dominando, con su evangélica palabra, la sublevación alarmante de los indios de Tehuantepec, en los comienzos del revuelto virreinato del Marqués de Leyva.
Y si este decisivo ascendiente del clero lo conquistaron sus méritos y virtudes, vieron los indios rivalizar en caridades extraordinarias, y desvelados en su asistencia, al Arzobispo, a los franciscanos, agustinos, dominicos, jesuitas y a todo el clero, en la espantable ocasión de 1577, cuando por primera vez se hizo sentir la sin igual epidemia del matldzalmatl, que causó más de dos millones de víctimas, y si murieron entre espantosas angustias, hallaban siempre en su auxilio y cuidado del clero, y de manera admirable y ejemplarísima al nobilísimo virrey D. Martín Enríquez de Almansa.
Vuelve el terrible azote de la misma epidemia a causar 50,000 víctimas en 1763, y consternando el pueblo, cifra su esperanza y salvación en la Santísima Virgen de Guadalupe, y, entre conmovedores fiestas, se la declara patrona de Méjico durante el Virreinato de D. Juan Antonio de Vizcarrón y Eguiarreta, y era tan grande la veneración que se profesaba a la bendita imagen, que ya el admirable virrey Rivera en 1677 construyó la calzada que conduce a la tradicional colegiata, cuya dedicación solemne se hizo en 1709 bajo el gobierno del Duque de Alburquerque; durante el de Almansa, y en 1573, se pone la primera piedra a la suntuosa catedral de Méjico, que inaugurada en 1656 y dedicada en 1668, no se termina hasta 1677, empleando en tan grandiosa fábrica dos millones de duros.
Angustiosa era la situación pecuniaria en 1709, y para salvarla acudió el clero desde entonces con la décima parte de sus rentas.
Siento verdaderamente molestarlos con tantas citas y varias enumeraciones; pero si a todo trabajo histórico le son indispensables, no puedo reducirlas más, refiriendo un periodo de tres siglos.
Establecida la Iglesia y propagadas las misiones, se ocuparon desde el primer instante los virreyes en mejorar la triste condición de los indios; la que produjo el admirable codicilo de Isabel I, como en éste se inspiraron las no menos admirables leyes de Indias.
Llega el primer Virrey a Méjico en 1535, y antes de otra cosa y como portador del fraternal cariño de España a América, da libertad a los esclavos, y prohíbe, bajo duras penas, la antigua servidumbre de los indios, representada en el duro trabajo de la carga o tamene, y estos actos, y muchísimos otros de justicia y caridad, hicieron tan amadísimo al ejemplar Conde de Tendilla, que le llamaban los indios su padre, el padre de los pobres, que no de otra manera debía empezar el gobierno paternal de una nación cristiana.
Su ilustre sucesor, en 1551, D. Luis de Velasco, emulando las nobles aspiraciones en la redención india, da libertad a 160,000 que como esclavos trabajaban en las rudas faenas de las minas, y a su vez conquista y merece del país, que le honre con el dictado de Padre de la Patria.
Llega en 1590 otro virrey del mismo nombre; halla a los indios explotados por la forzada compra de las telas españolas con que vestirse, y dispone abrir fábricas de tejidos de lana, con lo que les exime de vejaciones y monopolios.
El temor a conspiraciones y revueltas populares había hecho prudente y necesaria la disposición de 1598 del virrey Zúñiga, obligando a que los indios viviesen en las ciudades; pero considerandolo éstos como prejuicio y contrariedad, apresuróse en 1605 el Marqués de Montesclaros a revocar la orden, dejándoles en la más completa libertad de sus campos y de sus voluntades.
Ocultos atropellos habían conseguido sostener hasta 1635 en la esclavitud a muchos indios; pero la enérgica protección del Marqués de Cadreita les asegura un todo su libertad.
Y siempre la codicia
buscando arteros recursos para explotar al débil, había logrado reducir a su presa con la venta a elevadísimos precios de los comestibles; pero allí donde se inventaba una vejación para los indios, siempre se interpuso la autoridad protectora de un virrey, y en este caso le cupo la suerte y la gloria al Duque de Veragua, de imponer en 1673 una tarifa y una rebaja en todos aquellos necesarios productos; ¡lástima grande que un Virrey de tales alientos y esperanzas le interrumpiese la muerte en su noble carrera a los cinco meses de haber ocupado su elevadísimo cargo!
Pero si hemos visto cómo los virreyes se desvelaban en proteger a los indios, no es menos hermoso considerar la caridad inmensa con que atendieron a los pobres todos, y de todas maneras.
Ya no manifestándose huidos en sus bosques los que caían enfermos en los campos, fundó para su asistencia en 1734 varios hospitales el gran Virrey y Arzobispo de Méjico Vizcarrón: apenas pasados cuarenta años ocupa el gobierno el admirable bailío de San Juan, Antonio de Bucareli, y si en 1734 crea un hospicio para los pobres, al que se acogen inmediatamente 250, y en 1777 un hospital para los dementes, funda en 1775 el grandioso y nunca bastante agradecido y elogiado Monte pío, en cuya gloria y mención debe acompañarle el generosísimo Conde de Regla, que regalando 300,000 duros fue y es salvación y amparo de la industria, la agricultura y el comercio, tan favorecidos por sus estatutos como por el módico interés que cobra, aunque en un principio fue tan absoluta la generosidad, que se prestaba a los pobres sin interés ninguno.
Enumerando grandes virtudes y servicios de los virreyes, necesariamente hemos de citar en repetidos puntos el nombre de este incomparable gobernante, que por sí solo basta para demostrar prácticamente a Méjico y al mundo la sin igual bondad de las leyes de Indias, porque en él hallaron sublime y justa personificación.
Pero estos elogios nos traen a la memoria los que merecen muchos otros virreyes, y pues que de protección a los pobres nos ocupamos, caso de citar aquel popularísimo Conde de Gálvez, que gobernando sólo diez y seis meses, de 1785 a 86, inscribió su ilustre nombre entre los meritísimos de la patria: fue para él suerte la horrible desgracia de la miseria que acaeció en el país, llamándola “Año del Hambre”, y este horrible suceso puso de manifiesto la grandeza y caridad de aquella alma que, encerrada en un cuerpo hermoso, joven y varonil, se había aquilatado por el valor de la guerra, y se engrandecía en las batallas de infortunio: sencillo, humilde y entusiasta, abolió toda etiqueta; connaturalizando con Méjico, puso a su hija por nombre Guadalupe, e inscribió a su hijo como soldado raso en el regimiento de Zamora; si un enfermo necesitaba de su asistencia, él corría a su lado, y en la plazo pública distribuía por su misma mano, y con la cabeza descubierta, las limosnas en especie a los pobres famélicos; soberanas cualidades y actos regios, que así los calificaba el país y así los entendieron en España; pero si eran majestades del alma, se equivocaron los que, juzgándole ansioso de la majestad del trono, temieron de su popularidad y sospecharon que pretendía de Virrey transformarse en Emperador.
Establecida la Iglesia como fundamento y guía de la sociedad; constituida la sociedad misma por las leyes de Indias, de que al final nos ocuparemos, bajo el gobierno de los monarcas y por la protección a los naturales y a los pobres, veamos cómo se constituyó la población; y de igual manera que los virreyes fueron en los dos cuadros precedentes determinando su paso por el Imperio con sus virtudes y su justicia, les hallamos ahora inscribiendo su nombre sobre el territorio, dejando por letras, colonias, villas y ciudades.
Allí aparece Tendilla fundando a Valladolid y reconstituyendo a Guadalaxara; proclamando a Velasco, en Ixtlahuaca la San Rafael, y San Miguel en Guanajuato; se recuerda a D. Martín Enríquez en Ojuelos, San Felipe y Portezuelo; el Conde de Monterrey da su nombre a la bahía de la Alta California; funda en la Nueva Extremadura y el nuevo reino de León, y en 1600 traslada a Veracruz a donde la había proyectado Hernán Cortés; el Marqués de Salinas edifica a San Lorenzo en Orizaba; el de Guadalcázar la ciudad de Lerma y la villa de Córdoba en el estado de Veracruz; el de Cerralbo da su nombre al fuerte de Monterrey; el de Cadreita a la villa que le recuerda; el Conde de Salvatierra a la ciudad del mismo título; el de Alburquerque a la de Nuevo Méjico; el Conde de Monclova llama así a la que funda en Coahuila; el Duque de Linares dedica a San Felipe la que construye en Nuevo León, y el Conde de Fuenclara crea en Sierra Gorda las colonias de Nueva Santander.
Amenazado el territorio por las guerras extranjeras en 1760, sufriendo la cesión a Inglaterra de la Florida y el Mississipi, llegó el momento de aplicar las herramientas de la construcción civilizadora de ciudades a la defensa de la patria, dirigiendo su esfuerzo y su trabajo a fortificar Veracruz y San Juan de Ulúa, en cuya empresa había muerto el Virrey Duque de la Conquista en 1741; Croix levanta el castillo de Perote, y el Conde de Gálvez la magnífica fortaleza de Chapultepec en 1786.
Pero en tanto que se agrupa la población a las ciudades, fueron los virreyes mejorando las anteriores y hermoséandolas; que de este modo forma Velasco en 1592 el magnífico paseo La Alameda, que engrandece el Marqués de Croix en 1771.
Don Juan de Mendoza construye en 1600 el acueducto de Zamboala y la primera iglesia de los franciscanos en la capital; el Marqués de Salinas el dique y desagüe insignes del jesuita P. Sánchez; el de Guadalcázar concluye en 1618 el grandioso acueducto de Santa Fe con sus 900 arcos; Rivera, en 1677, empiedra la capital; Revillagigedo la dota de alumbrado público en 1790; conduce a sus expensas en 1688 el Conde de la Monclova, por famosa cañería, el Chapultepec al salto del agua; construye el Marqués de Casafuerte, en 1726 los suntuosos edificios de la Aduana y Casa de Moneda; Vizcarrón levanta el gran palacio de Tacuba, como Iturrigaray activa en 1803 la conclusión de la Alhóndiga.
Tan grandioso y exuberante de vida era el genio militar de los virreyes y las colonias, que, no satisfechos con luchar dentro de ellas mismas para asegurarlas, y no bastándoles tan enorme imperio para contenerse, se desbordan los guerreros españoles por el Continente y los Océanos, y mientras Hernán Cortés descubre la California en 1541 y muere heroicamente en el peñón de Toc el brazo de la conquista, D. Pedro de Alvarado, y se lucha en Florida, manda al segundo Virrey que D. Miguel López de Legaspi tome posesión por España del mar del Sur, donde su gigante empresa alcanza por corona el descubrimiento y posesión de las grandiosas islas Filipinas, nuevo y portentoso alarde a que sólo se arrojaran y dieran cima los conquistadores de Nueva España.
Apenas repuestos de tantos trabajos y tantas fatigas, el Conde de Monterrey envía en 1595 a Juan de Oñate a conquistar Nuevo Méjico, y a Sebastián Vizcaíno con tres buques, a explorar la Alta California; vuelve este a surcar los mares con rumbo a Japón en 1611, y en 1669 envía al Marqués de Mancera nueva expedición a California a las órdenes de D. Francisco Lucenilla, que a poco renueva el Conde Paredes, yendo en la armada los célebres jesuitas PP. Kino y Salvatierra; y aunque el celo de estos y el valor de los soldados tanto hicieron, quedó reservada la gloria definitiva en aquel país para el tercer viaje, ordenado por el Virrey Arzobispo de Michoacán en 1696, con los mismo y santos misioneros.
Sobre 1714 organiza el Duque de Linares una expedición a Texas, con tan feliz resultado como la dispuesta por el Conde de Fuenclara, en 1744, en la que Escandón sonete a Sierra Gorda; y el Conde Revillagigedo, deseando que ni a estas empresas de glorioso ensanche de la patria le fuese posible no contribuir como últimos resplandores de nuestra grandeza y poderío, que en él siempre se personificaron y terminan, lanza nuestras banderas a California y al estrecho de Fuca.
Pero no es sólo en estas gigantes y arriesgadas expediciones en las que brillan las armas españolas; que unas veces para afirmar la posesión, y otras en su custodia, fueron muchas las ocasiones que se ofrecieron a los virreyes para demostrar su arrojo y ejercer su patriotismo; y este es el cuadro de la defensa nacional.
Domina el Marqués de Salinas la insurrección de negros de Yangua en 1609, y el Conde de Alba de Liste la de indios Tarahumara de 1650; el Duque de Alburquerque pelea en 1655 contra los ingleses invasores de la Jamaica y la Florida; y si bajo el gobierno del Conde de Baños se les obliga a evacuar en derrota a San Francisco de Yucatán en 1622, en 1678 Alvarado los desaloja de Campeche; pero estas y otras muchas campañas logran majestuoso epílogo en dos empresas grandiosas y singulares. Los franceses, apoderados de Santo Domingo en 1690, consideraban afirmada su conquista, sin recordar que las naves de Legazpi y las espadas de Otumba aun surcaban los mares, imponiéndoles los templados aceros: el esforzado Virrey Conde de Gálvez sube a la capitanía, y emulándose la destreza con el valor, reconquistan la tierra; y la brillante jornada, La Limonda, cubre de laureles a la inmortal armada de Barlovento.
Aun resonaban en los ritmados ecos de la costa los gritos de libertad y los cánticos de triunfo, cuando el Virrey Ortega fía al patriotismo de D. Manuel Velasco, en 1720, al mando de la flota que conducía a España 50 millones de pesos: acecháronle con avidez y artería las escuadras de Francia y Holanda pretendiendo mejor apoderarse del tesoro que pelear por el honor y la patria: en tanto los arriesgados españoles, con el hacha en la una mano y el remo o las cuerdas en otra, triunfan de todos los peligros, con tanto mérito de los capitanes como destreza de los pilotos; pasan días y semanas de angustia; por fin se destaca en el horizonte el amado contorno de nuestra España: todo fue consuelo y regocijo en los buques, y con las hinchadas velas, considerándose a salvo, surcan por fin las tranquilas ondas de la rada de Vigo. Aun estaban tendidas las lonas y las jarcias, cuando las escuadras enemigas aparecen en su persecución: entáblase desesperada contienda, y cuando no quedaba otro recurso para salvarse, sino rendirse, pasa sin duda la sombra de Cortés por el corazón de Velasco, y cogiendo una tea en la mano, antes que entregar el tesoro al enemigo, vuelven a alumbrarse los mares con nuevas hogueras de españoles buques, que parecían enviar una inspiración a los héroes de Trafalgar. Quedó allí sumergida nuestra escuadra; quedó allí sepultado nuestro tesoro; pero ni el fuego de los cañones franceses ni la procelosidad de las ondas han podido hacer naufragar aún la grandiosa figura de nuestra gloria en aquel día.

 

El Virreinato de Méjico (parte 1 de 3)

Conferencia de Don Enrique de Aguilera y Gamboa (XVII Marqués de Cerralbo)

Señores:

No sé como empezar, y hasta dudo que acierte a leer estas pobres cuartillas, porque balbuciente mi palabra por el temor, suspendido el ánimo por la certidumbre en mi poco valer y hasta empañados los ojos por considerarme en esta ilustre tribuna contemplando delante de mí a tantos, a todos vosotros, o es una temeridad, y hasta empañados los ojos por considerarme en esta ilustre tribuna contemplando delante de mi a tantos, a todos vosotros, que atesorando la ciencia y viviendo en la fructuosa y perpetua vigilia del estudio, me deslumbráis y ando embelesado, pero atónito, como el ciego que abriera los velados párpados para mirar el cielo, esplendente de luces y colores, en esas noches de imponente grandeza que la luna esclarece y que engalanan y embelesan las estrellas.
Hablar delante de vosotros, o es una temeridad, o es una arrogancia, porque me consta que nada se me ha de ocurrir de que ya no estéis avisados; ni hechos, ni citas, ni lugares, ni nombres me será dable apuntar que no os sean familiares y vivan, por la admiración, en vuestra memoria, y por el cariño, en vuestros corazones.
Nada vengo, pues, a enseñaros; no será para mi esta laureada tribuna, cátedra magistral en donde levante la voz para que vayan sus períodos dejando miras y jalones que tracen una nueva vía de conocimientos y de estudios; y si quedan lejos de mi todas las pretensiones, no podéis argüirme de temerario ni de arrogante, pues he empezado por disculparme de este paso y por reconocerme insuficiente; no quede otra cosa, y no veáis en mí sino a un entusiasta español que en este año del Centenario imponderable de Colón acude con patriotismo delirante a todo punto, a todo lugar en dónde izada, como aquí, la invicta y heroica bandera de España, se la proclame y se le reconozca como el mágico e inspirado dosel a cuya sombra descansan tantos héroes que en sus armaduras de bruñido acero parecen reverberar el sol espléndido de nuestra historia, que se enciende y derrama sobre los sacrosantos brazos de la Cruz.
Y como el sol aun brilla, porque arde en nuestros corazones y se alumbra en vuestras inteligencias, y se agita en nuestros brazos, no vengo a salmodiar aquí una elegía que angustie el alma y abata el esfuerzo, no; no vengo aquí a cantar un poema que sea un consuelo o una lamentación como la del griego entristecido, que con los ojos puestos en los vacíos y robados frontones del Parthenón, o llorando en Constantinopla al pie del conquistado y misterioso bronce de Marathón y de Platea, busco en vano su patria; pregunta sollozando, y sin respuesta, por sus héroes, sus glorias y sus banderas se conforma con releer aquellos fastos sin rutilante belleza, que en tumulto arrebatador la Grecia corrió a escuchar, de primogénita lira, las leyendas que le cantaba Homero al pie del histórico plátano de Smyrna.
No, no es una elegía, no es un poema: es un himno el que pretendo cantar aquí esta noche, porque sé, porque adivino en vuestros semblantes que venís a oírme repetiros grandezas y glorias pasadas con la fe, el entusiasmo y el arrojo de los que tienen ánimo y voluntad para proseguirlas.
¡Oh! hermosísima ocasión la presente; paréntesis consolador en la agitada vida de los que nos ocupamos en la política: aquí no hay hombres de partido, aquí no hay propaganda, ni luchas, ni recelos, ni enemigos; aquí no hay más que españoles; y si algún extranjero nos contempla y nos escucha, también para él lleguen nuestras manos de amigos; y no les ofrezco nuestros brazos, porque los tenemos embargados en estrecharnos íntimamente nosotros, y en torno del venerado y amadísimo estandarte de la Patria.
¿Quién como España? ¿Qué fueron de los Imperios de Alejandro de César, de Aníbal, de Mahomet y de Napoleón? Tempestades pasajeras y asoladoras que, cargando sus nubes en los mares de la ambición, del odio y de la muerte, lanzaron sobre la espantada tierra torrentes de sangre y de lágrimas que borraron por un momento las fronteras; pero como estas devastadoras inundaciones pretendían con su vapor nublar el cielo, y no presentaban en sus códigos otra ley que la espada, pronto se despertaron los nacionales caracteres en su contra; surgió de nuevo el rayo de la justicia, y enterrados los usurpadores entre el fango de su tiranía y su egoísmo, resplandecieron nuevas auroras que dejaron destacarse sobre las fortalezas las peculiares e independientes enseñas de cada nacionalidad.
España, por el contrario, supo conservar su posesión en América por tres siglos, y en su lugar oportuno apuntaré las causas que la interrumpieron, todas extrañas a sacudir un yugo de tiranía que demostraré no existió jamás como política o administración permanentes. Como el descubrimiento y posesión del Nuevo Mundo fue la más gigante y portentosa idea que en el hombre ha tomado origen, inspiración y vuelo, la fue preciso un molde colosal, un corazón más inmenso que los Andes, más solemne y majestuoso que sus Océanos, más ardiente que sus volcanes y más puro que su cielo: errando Colón por el viejo mundo llegó hasta los Tronos, explicó en las Universidades, mendigó en las antecámaras de los poderosos, y aquel marino que sabía trazar rumbos ignorados, andaba perdido y errante no hallando el del ser privilegiado que le correspondiese hasta que a su natural asilo y refugio, y llamando a la puerta de un pobre convento cayó en manos de un fraile, que llevándole por la mano entre sinuosidades y asperezas, le condujo ante una mujer que, desceñida una corona, oraba al pie de una cruz: aquella no era sólo una reina, no era un sólo ángel, no era sólo una maravilla, aquella era Isabel I, aquella era España, aquel era el corazón inmenso en donde Dios había albergado todo un mundo.
Éste nació, pues, del amor divino y del amor patriótico: sus primeros sentimientos eran una caridad, su primera palabra una oración; sus primeros pasos un heroísmo, su único objeto la redención y felicidad universales.

isabel

El ángel de Castilla mandó a América a gigantes españoles con cruces para convertir y con espadas para defenderse: así brillaron desde Veracruz a Tacuba y Otumba; y si aparecieron como conquistadores en Méjico, fue preciso que tuviera por pedestal la conquista las hacinas de cadáveres españoles con que cegó sus espantables lagunas el duro Cuauhtemoctzin.
La conquista no es un derecho, la conquista no puede ser razón del fuerte, ni disculpa del ambicioso: un pueblo no debe ser dominado por la fuerza del extranjero que le arrebate arbitrariamente su independencia y su libertad; pero la conquista no es sólo un derecho, es un deber, cuando se trata y se logra arrancar a un pueblo de la barbarie y se lucha por la humanidad en contra del salvajismo.
Pensemos en la situación horrorosa a que habían traído los antropófagos aztecas al Imperio vastísimo de Moctezuma II, y véase su la conquista se impuso y si debieron inmensa, constante y pública gratitud a los españoles, los siervos y descendientes de aquel a quien llamaban señor sañudo y respetable.

El respeto a las nacionalidades no existía, y se hacían la guerra entre ellos, no sólo por extender su territorio y aprovisionar sus tesoros, sino que cada año, debiendo celebrarse las fiestas del dios de la guerra el feroz Huitzilopochtli, les era indispensable proveerse de prisioneros y cautivos en campañas que llamaron guerra florida, para sacrificarlos sobre el techcatl de serpentina en el teocalli de cuatro portadas: en la consagración que Almizotl hizo de este templo en 1487, fueron sacrificadas 72,344 víctimas arrebatadas a sus hogares y a sus familias con el sólo objeto de esta bárbara fiesta, y si por exageradas se tienen tales cifras, no podrá reducirse a menos de 20,000 las que anualmente sacrificaban en Méjico, según afirma su primer Arzobispo el docto y veraz Zumárraga.
Pero no era sólo que se las inmolase; era lo más de ofender y lo ni menos de sentir la feroz manera de realizar tan espantosas hecatombes.
Hasta la segunda gradería del templo, a la vista de la exaltada multitud, llevaban los sacerdotes a cuestas los cautivos, y lanzándolos sobre el techcatl, que era una piedra convexa para que la víctima, acostada sobre ella, sacase forzadamente el pecho, de un tajo se lo hendían en toda su anchura, con el dentado cuchillo de obsidiana; y metiendo las adiestradas manos en el bullente seno, arrancaban el corazón, frotando con él y con la sangre la horrible cara del ídolo para arroja de un puntapié el cuerpo que, cayendo de escalón en escalón rodaba hasta dar con la alborozada muchedumbre, donde lo hacían pedazos que con preferencia comían, como el corazón lo mascaban el topiltzin y los chachalmeca o sacerdotes.
Este espantoso cuadro de bárbara saturnal tenía sus fastos salvajes escritos con blanqueadas calaveras, porque frente al altar alzábase la aterrorizadora estacada de las setenta vigas o tzompantli, en donde en un erizo de varas había tantos cráneos hincados, que Andrés de Tapia asegura haber contado más de 136,000.
Fatigados los sacerdotes de arrancar corazones, o por dar variedad al espectáculo, unas veces degollaban a sus víctimas, recogiendo los torrentes de sangre en el cuauhxicalli para embadurnar sus altares y dioses, o las exponían al público, atadas a un madero, para que todos les arrojasen flechas: y cuando el cuerpo quedaba informe, por destrozado, o desaparecía entre un espantoso manto de sangre y de saetas, les arrancaban el corazón por deshecho que estuviese para no faltar al homenaje y ceremonia obligados.
Otras veces buscaban con predilección el mozo y la joven más hermosos del país, y durante todo un año los sostenían con lujo regio para en la fiesta anual sacrificarlos como el tributo más simpático a sus dioses.
Fuera abusar de vuestra amabilidad extenderme en la horrible descripción de tan salvajes usos y fiestas, presentando los cuadros de desolación en que los cautivos se despedían de sus padres y de sus esposas para antecederles en el suplicio a que arrastrados iban por aquellos sacerdotes de largas y erizadas melenas, todos pintados de negro, con amplias túnicas que también de negras convertía en rojas la sangre; y visto al pie de las torres, de las calaveras y al vacilante fulgor de los calderos en que ardía el fuego sagrado que sólo renovaban cada siglo.
Si la mujer era esclava, si todas las viudas y la servidumbre habían de sacrificarse cuando el esposo o el señor moría: si con los tributos enormes arrastraban tal miseria los pueblos, que debiendo pagar cada uno lo que produjese, eran muchos los que no lograban poseer otra cosa que esos insectos de la hediondez y la miseria que en múltiples casos encontró Ojeda en el palacio de los tributos que en Méjico guardaba Moctezuma: y de tan desconsolador panorama social, eran contraste injusto las grandezas y los tesoros del Emperador, que sosteniendo muchos palacios, y miles de animales en ellos, dedicaba a su guardia y servicio más de 3,000 hombres.
La esclavitud existía por edicto y costumbre, y por ley de la voluntad arbitraria del tirano.
Y para más extrañeza y más irritante desigualdad y bárbaro despotismo, nadie podía mirar al Emperador, ni dirigirle la palabra, sino con las humillaciones más denigrantes, como si los reyes pudieran ni debieran ser otra cosa que padres de su pueblo, ni como si los hombres hubieran de ser esclavos y ni aun vasallos siquiera, cuando su dignidad y la justicia no pueden dejarles rebajarse a esas condiciones, y sólo sí reconocerse en la de súbditos; ni como si las sociedades pudieran vivir sujetas a la voluntad de un rey, variando las leyes a su capricho, cuando este y sobre la decisión real están y han de seguirse las leyes fundamentales.
Me he detenido en este punto con deliberado propósito, porque es de oportunidad y razón dejar asentados los fundamentos justísimos en que se apoya la conquista de Méjico, de cuya administración y gobierno tengo por deber de ocuparme, en virtud de la invitación bondadosa con que tanto me honran el sabio y dignísimo Presidente de la sección histórica que me ha encomendado éste, como mío pobre trabajo, y la de vosotros que me demostráis, con la atención, que iguala vuestra amabilidad a vuestra ciencia, con ser hoy tan probada la una y siempre tan reconocida la otra.
Demostrada la bárbara e inhumana constitución del Imperio mejicano con Moctezuma II, no estaría de más citar que sólo apoyado en la razón del más fuerte y del ambicioso, y en el derecho de conquista, se fueron sucediendo en el territorio los hijos de aquella fecundísima raza Náhuatl; y así pasaron y triunfaron y cayeron los Mayas de Votan al empuje asolador de los bárbaros más ilustres que ocuparon el Imperio de Anáhuac, los amarillos y hermosos toltecas de Cuculcan, para extinguirse a su vez, con su quemado rey Topiltzin, a los golpes rudísimos de las hachas de istli con que se despeñaron del Norte, como un volcán de piedra, los desnudos y bebedores de sangre horribles chichimecas conducidos por Xolotl: y cuando, después de tres siglos, les presentaron batalla en la entonces miserable Tenochtitlan las nuevas hordas aztecas que, bajando del inexistente Aztlan, cayeron en derrota, y para siempre, en el personal combate de Maxtla con Moctezuma I, quedó constituido el Imperio de los aztecatl, para ser derrocado a su turno por Hernán Cortés en la campaña homérica de la Nueva España.
Ni a este punto diera tal extensión, ni insistiría en la destrucción y gradual marcha de los diferentes pueblos sobre el Imperio de Méjico, siempre aniquilando al vencido con  única excepción de los españoles, si no hubiese sido calificada como injusta nuestra conquista por escritores ilustres que se olvidaron, al apreciar los heroicos hechos de 1519 a 1522, de los que habían escrito, elogiando las campañas de Quinatzinnahoa contra el chichimeca Tenancacaltzin, llamándolas civilizadoras y justas por oponerse rudamente el estado salvaje de este pueblo a aceptar la relativa civilización del aztecatl.
No cumple a mi deber tratar de las asombradoras y legendarias conquistas de héroe incomparable que nos detalló Bernal Díaz, y cuyo espléndido retrato, ajustadísimo al hermoso natural, nos ofrece con orla de oro más cincelado que el de Palenque, y con más ricos y mágicos colores que los pintados penachos de Nezahualcoyotil, la pluma inspirada y patriótica del clásico Solís.
Otro General ilustre que honra por igual nuestro brillante ejército y nuestras doctas Academias, ha arrebatado no ha muchas noches vuestra atención y ha movido vuestros aplausos, vertiendo desde esta docta tribuna arranques de inspiración, sabios estudios, nuevas investigaciones y concienzudos comentarios, con los que el ilustradísimo general Arteche nos hizo entender y admirar la grandiosa figura de Hernán Cortés, el digno compañero en la gloria americana de Colón; dos gigantes en cuyos hombros parece que se sustenta todo un mundo: genios y caracteres que sin duda se guardan y simbolizan en las hermanas columnas que desde entonces ha grabado España en su regio escudo.
Hechos y batallas olímpicas las de Cortés, que ni tuvieron y ni es posible alcancen igual en ninguna historia.
Sólo a los españoles les fue dado acometer la incomprensible empresa de conquistar y combatir a un imperio de 16 millones de habitantes con 508 soldados, 60 caballos, un centenar de arcabuces, una docena de cañones y otra incompleta de bajeles.
Con menos resistencias, España sólo cedió limitados trozos de su suelo a las miriadas de bárbaros invasores que del Báltico trajo Gunderico, Hermanoxico del Rhin, del Cáucaso Atace y Respendial de la Panonia; y fueron necesarios a Taric 25,000 árabes en Guadalete, y para sostenerse, los 18,000 caballos bereberes de Muza; como al emir Abdelmelic los 70,000 sirios de Samail y de Baleg.
Estas conquistas, realizadas por muchos millares de guerreros, se hacen y se comprenden; pero lo realizado en América por los españoles, sólo se explica por el inspirado esfuerzo de nuestra ibérica raza, asistida por Dios, que acompañando a las espadas de Cortés y de Pizarro, permitió que izasen las cruces de Tlascala y de Cumaná, en prosecución de las petreas de Palenque y de las cerámicas de Perú, y que las misiones de Las Casas, Olmedo, Testesa, Castro y Villalpando, continuasen las misteriosas de Pay Zumé o Santo Tomás.
Y para demostrar lo extraordinario y único de nuestra española empresa, parece que DIos consintió llegase en aquel momento a su mayor grandeza y poderío el Imperio Mexicano, que extendiéndose y dominando reinos y repúblicas, hasta entonces independientes, se contempló el más grande y poderoso que allí jamás ha existido: y como si concitándose en nuestra oposición y enemiga todas las energías de la naturaleza para endurecer con la prueba y el sufrimiento a sus indígenas, los mares se revolvieron; rodó con furia inusitada el huracán; las nubes se desgajaron; las nieves nivelaron los terrenos; crujió en sus entrañas la tierra; los volcanes incendiaron la atmósfera, las ciudades y los bosques; las epidemias azotaron los cuerpos; la miseria los endurecía y hasta el sol cubrió sus esplendores escondiéndose tras las argentinas espaldas de la luna.
Así fueron las espantosa erupción del gigante Popocatepetl; así los diluvios que inundaron la ciudad de Méjico en 1449; así las pertinaces nevadas y la miseria y el hambre antropófaga de 1450; así la general sequía y los desgajadores ciclones y el eclipse de sol de 1454; así los rajantes terremotos del 60 y del 68, y así la espantosa epidemia en el Yucatán.
Siguieron después años de fertilidad, de poderío y de riqueza: y aquellas razas, endurecidas por el sufrimiento y guarecidas en sus fortalezas, en sus adoratorios y en sus montañas; aquellos ejércitos que hasta por muchos millares de soldados pasaban sus revistas, cedieron y pactaron con unos centenares de españoles que, caminando de victoria en victoria por aquella asombrada tierra, la dominaron escribiendo sus hazañas con la sangre de sus héroes; y así, como luminosas estrellas en un cielo diáfano y resplandeciente de gloria, brillan entre laureles los cadáveres de los capitanes Escalante en Vera Cruz; Juan Domínguez en Chalco; Yuste en Zulepeque; Pedro Barba en Tenochtitlan; Francisco de Guzmán en Las Lagunas; Velázquez de León en la vuelta de Tlascala, y del hercúleo Juan de Argüello en Nueva Almería.
Conquistado Méjico en 13 de Agosto de 1521, sale Cortés para las Hibueras en 1524, dejando en su gobierno y representación a Zuazo, Estrada y Albornoz; y entre discordias y tropelías mutuas y de sus parciales, debilitan sus fuerzas, y las hubiesen comprometido sin la intervención patriótica y salvadora de los frailes que los unieron.
Supo Cortés desde Honduras, en 1526, las demasías de Chirino y de Salazar, y las calumnias que en contra del conquistador habían llevado hasta Carlos V algunos miserables, logrando se enviase como juez de residencia a Ponce de León, que muerto apenas llegado, tuvo por sustituto a Marcos de Aguilar, quien inspirado y movido por Estrada, en contra de Cortés, le desterró a España, apenas vuelto de su gloriosa expedición.
En 1527 se nombra la primera Audiencia para el gobierno de Nueva España y para residenciar a Cortés. Los cuatro oidores y su Presidente Nuño Beltrán de Guzmán llegaron a Méjico en 1528.
Ocurrida inmediatamente la muerte de dos de ellos, Parada y Maldonado, como si la justiciera mano de la Providencia quisiera por repetida vez salvar de la persecución arbitraria y residencia ingrata al conquistador, asumieron los restantes el poder, que lo ejercitan en persecución del gran Hernando: reanúdanse las querellas y las demasías, y vuelven los religiosos con el evangélico primer Obispo de Méjico desde 1527, don Juan de Zumárraga, a trabajar y sufrir por la paz entre los españoles.
Oídas en la Corte las justas quejas y demandas del Obispo en contra de la Audiencia, se dedicó el nombramiento de un Virrey, recayendo en D. Antonio de Mendoza, Conde de Tendilla y mientras le era dable marchar se hizo el de nueva Audiencia, presidida por el docto Obispo de Santo Domingo.
Entretanto el Emperador distinguía y premiaba soberanamente a Hernán Cortés con merecidísimas riquezas y honores, y se dispuso a volver al Imperio que había conquistado con título de Marqués del Valle de Oaxaca y cargo de Capitán general.
Arriba el conquistador, y los antiguos oidores le persiguen exaltando su odio hasta desterrarle de Méjico; pero en cuanto llegó la nueva Audiencia cesaron los rencores y abusos del primer y desdichado interregno, y lucieron cuatro años de paz y ventura para los españoles, y de administración benéfica y protectora para los indios: hízose la expedición importante de Guzmán a lo que se llamó Nueva Galicia; se fundaron varias ciudades, siendo la primera Puebla de los Ángeles, en 1530, en igual fecha la del Espíritu Santo, después Guadalajara, trasladándola en 1533 al Valle de Tlacotán y Compostela, en Nueva Galicia.
Se dio gran desarrollo al cultivo y a la ganadería, y cansado de fructuosos trabajos, y cubierto de gloria, bendiciones y méritos al amado Obispo Fuenleal, pidió y obtuvo del Emperador, en 1534, licencia y ocasión para su descanso, dejando el sillón presidencial de la Audiencia, siendo nombrado el 17 de Abril de 1535 por primer Virrey de Méjico el dicho D. Antonio de Mendoza, Conde de Tendilla.
Y rogando me dispenséis las disgresiones y antecedentes que he amontonado en esta primera parte de mi disertación, juzgándolas indispensables para dar leve idea del país, la raza, la conquista y la situación, llego al punto culminante de mi encargo.

Cortes

Carlismo para Hispanoamericanos (parte 4 de 4)

Carlismo para hispanoamericanos: una prospectiva.

Llegados a este punto, ¿cómo dejar un apunte sobre lo que podría ser el horizonte de un carlismo por todas las Españas, también las americanas?

Me parece que podríamos reducirnos a cuatro grandes aspectos. En primer lugar la relación entre la recuperación de la “patria grande” y la crisis del Estado característica de la modernidad tardía. A continuación, la recuperación de la constitución histórica, para la que el concepto de “fuero” es semilla de grandes cosechas, y que enlaza con la organicidad frente a la pregonada “sociedad civil” del liberalismo globalizador. En tercer término, la rehabilitación de la monarquía como forma del gobierno natural, añorada siempre en América a través de los retazos del presidencialismo, y que al tiempo que asegura la continuidad preserva de la demagogia del populismo. Y, finalmente, la radicación de la Hispanidad en la Cristiandad, que exige reforzar la unidad católica frente a la invasión de las sectas. Como no andamos sobrados de tiempo anudaré -sin forzar demasiado el discurso, tal es su imbricación- el tratamiento de los tres primeros. Para concluir con una breve referencia al cuarto.

El Estado y su signo

El Estado no es la comunidad política. Ésta es intemporal, porque el hombre no puede no vivir en sociedad. Aquél es contingente e histórico, ya que es un artefacto que en los albores de la Edad moderna absorbió el “régimen” en que se organizaba el “gobierno” natural y, por lo mismo, ni ha existido siempre ni puede asegurarse que no deje de existir algún día. Álvaro d’Ors ha explicado con gran penetración cómo “el Estado propiamente dicho aparece en el siglo XVI como reacción superadora de la anarquía provocada en algunos pueblos europeos por las guerras de Religión”. España (o por mejor decir las Españas), en cambio, al “verse afortunadamente libre de estas guerras, no sintió verdaderamente la necesidad del Estado, y por eso la Teoría del Estado- propia de los “políticos”, como se decía entonces- fue mal recibida por nuestros pensadores clásicos, y, de hecho, el Estado sólo se ha ido realizando en España con gran lentitud y dificultad, y siempre impulsado por influencias extranjeras, sobre todo francesas, pues es en Francia donde la idea de Estado alcanzó su máxima racionalización, empezando por la idea de Bodin, primer gran teórico del Estado”.

Son varias las claves que nos ofrece el párrafo del siempre singular (y a veces “heterodoxo”) maestro carlista. La primera es la matriz protestante del Estado y de todo su andamiaje conceptual, de la soberanía al contractualismo. La segunda, es su carácter francés, que diríamos “europeo” con Elías de Tejada. En puridad, y aunque con los Reyes Católicos se apuntara un conato de estatalidad, que todavía no era Estado, el discurrir de la dinastía habsbúrgica (tras unos primeros pasos confusos) se asentó sobre el régimen medieval de la Cristiandad, bien alejado del Estado europeo moderno. Por eso se habló de monarquía hispánica, monarquía plural o incluso de Imperio español. Pues monarquía e imperio son formas naturales de lo político, frente a la artificialidad estatal. El borbonismo introdujo prácticas administrativas, pero tampoco logró implantar el Estado. De modo que la revolución liberal, si en Francia se asentó sobre el fuerte poder centralizador de los reyes, en el mundo hispánico fue simplemente destructiva.

Nación y Estado: ¿quién precede a quién?

El historiador chileno Mario Góngora dejó escrito, a este respecto, que el Estado había hecho la nación, a diferencia de lo acaecido en el Viejo Mundo, en que las naciones habían hecho al Estado. La frase, brillante, tiene su miga pero me parece requerir de algún matiz. Así, para empezar, en lo que toca a América, según se entienda, más que referida (como él hace) a la forja hispánica tras el descubrimiento, es adecuada al período posterior, en que son las incipientes férulas estatales, al modo revolucionario, la que luchan para hacer surgir las naciones. Pero en puridad se podría decir lo mismo de la España peninsular, donde el tambaleante Estado liberal también hace surgir la nación. E incluso en Francia, por escoger el paradigma del Estado, la nación sigue al Estado. Me hago cargo de la perplejidad de muchos ante estas últimas palabras. Que quieren una explicación. Y es que la nación revolucionaria no es la nación tradicional. Hay algunos que prefieren utilizar el término nación para designar la primera, mientras que reservan el de Patria para la segunda. Pero también ese horrible y sanguinario himno que es la Marsellesa habla de “hijos de la patria” para referirse inequívocamente a los revolucionarios. Y el historiador Jean de Viguerie, en libro bien interesante, ha demostrado la existencia de dos patrias, la tradicional y la revolucionaria, sólo aproximadas por el vínculo fantasmal de un lenguaje ideologizado. Hasta el punto de hoy, a su juicio, hasta los defensores de la primera en el fondo son presa de la segunda, que la habrían vampirizado. Es decir, que en Francia y en España el Estado habría creado a través de una gran mistificación (de la tradicional) la nación (revolucionaria). Eso sí, de manera diversa, por lo dicho, pues en Francia la honda de la revolución se remontaría mucho más atrás, aunque 1789 supusiera una exasperación, mientras que en España -como escribió Menéndez Pelayo- “no podía ser orgánica”. Lo que es cierto hasta fechas recientes, aunque por desgracia vaya alejándose cada vez más. Y pese a la pervivencia, por más que reducida a una pusillus grex, del Carlismo. ¿Cuál es pues la diferencia con América? Pues que, si en Francia el Estado se sobrepuso a la nación preexistente, y en España en puridad ni siquiera lo logró, en América coincidió la imposición estatal con la acuñación de las nuevas naciones. Pero sobre esto ya hablamos antes y no quiero reiterarme…
En España el Estado lo fundan los liberales moderados de mediados de XIX (Narváez), los conservadores de la Restauración (Cánovas del Castillo) y el militar liberal difuso que fue Franco. En América habría que hacer un estudio separado para cada una de las repúblicas. Pero el resultado no sería muy diferente.

Los sucedáneos del Régimen (monárquico)

En el mundo hispánico el Estado es antinatural. Por eso, desapareció el gobierno que aseguraba la monarquía, sólo podía abrirse camino el sucedáneo de los caudillos o el en apariencia (quizá sólo en apariencia) más aseado del modelo constitucional presidencialista. En todo caso basados siempre sobre una ausencia de organicidad social. Reparen en que no he utilizado, de propósito, el término “sociedad civil”. Pues resulta anfibológico al expresar, de un lado, la articulación de los cuerpos sociales, mientras que de otro es el paradigma del liberalismo que oculta bajo ese manto la desnudez del business. Hace años lo pusimos de relieve con distintos acentos, en un interesante intercambio de pareceres, Thomas Molnar, Juan Valle de Goytisolo y quien les habla.
Tenemos aquí un buen manejo de temas. Ligados a la nostalgia de la monarquía y al carácter inorgánico del Estado en el mundo hispánico. Charles C. Griffin lo vio con claridad: “En América española la abolición de la monarquía significó una ruptura mucho mayor con el pasado que con el caso de los Estados Unidos, o más claramente aún, en el caso del Brasil. En los tiempos coloniales el rey había sido no sólo la incuestionable fuente de toda la secular autoridad, había sido también el Ungido del Señor… La consumación de la Independencia y la adopción de la forma republicana de gobierno (la monarquía hecha en el país probó ser ilusoria) significaba que había una crisis total del Estado. Los primeros gobiernos republicanos carecían totalmente de la clase de sanción moral que la monarquía española había gozado. Se mantuvieron muchas de las leyes coloniales y los procedimientos, pero el Estado se halló en muchos casos acéfalo y el mito de la soberanía popular no fue efectivo (…)”.
No creo que pueda discutirse, en primer término, la debilidad endémica de los Estados en el mundo hispánico, quizá con la excepción de Chile y ahora (tan sólo en apariencia) de España. Pero claro, la ausencia de Estado se había compensado hasta la independencia con la existencia de factores unificadores (el poder regio, la autoridad de la Iglesia, etc.). Por el contrario, sin ellos, en lo que hace al primero, o por lo menos altamente debilitados, o en cuanto a la segunda, no logrará escaparse de la pura anarquía. De una anarquía todavía agravada por el temperamento hispánico, por la ausencia de sociedades radicadas y por los conflictos constantes. Sobre tal cuadro de desagregación del caudillismo se alza para muchos como la última esperanza. He ahí el populismo. Que pese a los pálpitos de autenticidad, no puede ser en verdad constructivo. Sobre todo porque, aunque busque reaccionar contra la ideologización liberal y su conjunto de intereses, no es capaz de salir de esa atmósfera. De ahí también, al menos en parte, la falsa dialéctica de la política moderna oscilante entre derechas plutocráticas e izquierdas subversivas. Siempre en el marco trazado por las clases burguesas y con el pueblo, (eso sí, cada vez más degradado) fuera, a la intemperie. El populismo, por tanto, aparece como expresión política del caudillismo. Mientras los mantenedores de ideologías tratan, por momentos, de desacreditarlo, y otros, en cambio, de adueñarse del hálito de la vida y del capital político que mal que bien conserva, bastardeándolo hoy el indigenismo como ayer en el marxismo. La vertiente institucional del caudillismo está en el presidencialismo, copiado del modelo gringo, reflejo del régimen (parlamentario) inglés del siglo XVII, donde quedó detenido, sin haber conocido las transformaciones posteriores del modelo, que hoy llamamos parlamentario y que hoy constituye propiamente la contrafigura -ironías de la historia- del presidencial. Pero no siempre se dará el ajuste del caudillo con el presidente, y con frecuencia el presidente estará preso en la red de intereses del sistema. Sólo a veces y por poco tiempo el caudillo-presidente cortará el nudo. Pero nunca será el gordiano.

Las ventajas de la No-Estatalidad

¿Y no podríamos sacar nuestra fuerza precisamente de lo que hoy es nuestra debilidad? En la era de los Estados, los no-Estados, los Estados truncados no podían sino hallarse en una situación de inferioridad. Pero en la coyuntura presente, la que se ha bautizado como de crisis del Estado ¿acaso no podríamos encontrarnos en otra de privilegio?
Para empezar podemos repasar el aspecto halagüeño. En cuanto la crisis ataña al Estado como artefacto, el nuevo ordo orbis podría abrirse a lo que el último cultor del ius publicum europeum, Carl Schmitt, llamaba “grandes espacios”. Y qué duda cabe, el mundo hispánico constituye un gran espacio, un gran espacio, además, no sólo en un sentido geográfico, sino también en un sentido profundamente humano, cultural y espiritual. Y con una historia a sus espaldas.Álvaro d’Ors, en la senda Schmitt, explotando las vetas que el pensamiento de éste ofrece para una reconstrucción realista de la política que permita reatar el hilo de la tradición, habló de “regionalismo funcional” superador de los Estados decadentes. Es cierto que, en el singular sistema del maestro d’Ors, tal expresión contiene ambigüedades no pequeñas. Dos queridos colegas argentinos las han resaltado. Así, Félix Lamas ha visto en ella una intentio universalista y tecnocrática que se situaría en las antípodas de la tradición católica. Y Bernardino Montejano ha observado la contradicción que supone proponer, de un lado, la sustitución del Estado por regiones territoriales, pero a renglón seguido sostener que el centro del sistema no es el territorio sino la función que está a cargo de organismos técnicos. Pues así acaba con el mismo regionalismo que necesariamente tiene que apoyarse en una geografía. No les falta razón. A mi juicio, sin embargo, el planteamiento orsiano debe ser tomado como un intento (sugestivo) de superar la cerrazón de los Estados-naciones modernos, que permitiría recuperar la comunidad política natural y que tendría por columna vertebral el principio de subsidiariedad, que en el mundo hispánico -en precoz prematuración- se habría concretado en el “fuero”. Sé que tampoco lo que acabo de decir, está exento de algún punto débil. Pues el principio de subsidiariedad no es una regla técnica sino un principio regulador de las relaciones entre los cuerpos sociales. Y pues el “fuero” está ligado al derecho histórico. Nada más alejado del reduccionismo “funcional” que las palabras d’Ors permitirían dejar entrever. Pero que, me parece, se hayan contrapesadas al rechazar el one world mundialista y al postular “grandes espacios éticos, de verdadera comunidad, en los que necesariamente el factor religioso tendría un papel importante”. Por todo ello, creo que podría concluirse que la Hispanidad puede constituir un modelo de superación de los Estados actuales, a través de la articulación de un gran espacio, con base histórica, y unidad moral, con el principio de subsidiariedad y el particularismo foral como ejes.

024 El traslado de las monjas

“Carlismo para hispanoamericanos” Miguel Ayuso.
 

Carlismo para Hispanoamericanos (parte 3 de 4)

El Carlismo como diferencia

Y ahora la diferencia. Porque en América, tras los primeros momentos de confusión, quienes quieran rechazar el liberalismo habrán de hacer mil filigranas para evitar comprender en su rechazo a las propias patrias devenidas “naciones”, nacidas en efecto de procesos impulsados por caudillos, unos y otros, tocados por la revolución liberal. Esa es la razón por la que el tradicionalismo carlista -lo he dicho en alguna ocasión, sin ánimo polémico y con pocas esperanzas de ser comprendido- encuentra serios obstáculos en muchos ambientes de América, ganados por el “nacionalismo”, un nacionalismo que si en sede doctrinal podría hallar sin dificultad con aquél amplios puntos de acuerdo -también algunos de desacuerdo por las razones que antes apunté-, no deja de tener delante el obstáculo insalvable de las “fiestas patrias” y los “patricios”. Ese origen parricida y espurio no deja de gravitar inexorablemente en todo y en todos, impidiendo la apertura natural al tradicionalismo, un tradicionalismo que es una doctrina que se hace carne en una historia. La España peninsular, en cambio, cuando se produce la revolución liberal, y bien pronto la usurpación dinástica, aunque mutilada, está hecha. El carlismo por ello es la continuidad de la verdadera España, que se opone a un liberalismo que lejos de ser constituyente de la “nación” (como en América) es allí simplemente instrumento de desmedulamiento y disolución. Permítanme ilustrar lo que vengo diciendo a través de una comparación con el proceso constituyente europeo. En el documento que la comunión tradicionalista, a través de la Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, hizo público el pasado mes de enero con motivo del referéndum para la ratificación del Tratado por el que se instituye una Constitución para Europa, se leía esta contundente afirmación: “La laicidad, o el laicismo, pues no son sino dos versiones de una misma ideología, están inscritos igualmente en el corazón de la “construcción europea”. Como previamente lo estuvieron en la “Constitución” de los Estados modernos, a partir de las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Pero las viejas naciones “nacieron” cristianas de modo que la revolución hubo de aplicarse a cancelar su filiación dejándolas huérfanas. La nueva Europa, nace ya expósita.

Esa coincidencia fatal de independencia y liberalismo es la que impide la definitiva clarificación del problema político. No sólo, entiéndase bien, en cuanto a los primeros momentos del caminar hispanoamericano. Sino respecto de su entera trayectoria. En el viejo mundo el carlismo salvó idealmente la pervivencia de España. Pero no limitó a eso su benéfico influjo. Como guardián del orden de la Cristiandad, que en la confederación de las Españas fue Cristiandad menor y que se redujo en la Comunión Tradicionalista a Cristiandad mínima, impidió que la Tradición católica se confundiera con el “moderantismo” (liberal) de Narváez o con el “conservatismo” (también liberal) de Cánovas… Como impidió que las Repúblicas revolucionarias lograran su consolidación. Así, frente a unos y otras. Levantó no sólo los Ejércitos de voluntarios, sino la Carta de la Princesa de Beira a los Españoles, la defensa de la Unidad Católica en las Cortes o los Fundamentos Permanentes de la Legitimidad del Rey Don Alfonso Carlos. Nada de ello podía ocurrir en América. Donde un Iturbide o un Rosas (sin negar ninguno de sus méritos) no podían entroncar con la íntegra tradición, debiendo limitarse a salvar pedazos de ella. Y donde los propios partidos conservadores (como en Colombia) no dejaban de presentar algunas contaminaciones de la Revolución liberal. Por no hablar de momentos posteriores. Repárese en cambio que, incluso en el siglo XX, pese a sus fuerzas disminuidas, son los carlistas quines transforman un “pronunciamiento” (del Ejército liberal, pues nunca dejó de serlo) en un Alzamiento del pueblo católico contra el proyecto marxista (y liberal) de arrancar el catolicismo de la configuración comunitaria de España. Y quienes contribuyen a que el Estado nacido de la guerra, religiosa, en que se desembocó el fracaso de Aquel lanzamiento, adquiera tintes (y por momentos sustancia) católicos.

Para concluir, podría añadirse todavía una reflexión sobre el distinto tempo de la marcha en ambas orillas de nuestra común nación. Pues, transitando un mismo, y equivocado camino, diríase que haya habido un desfase entre el paso de España y el de América, más rápido en la primera. Esto ya era evidente en los años cincuenta del siglo XX, pues en América todavía se podía conversar con viejos liberales de café, redacción de periódico y casa de huéspedes, mundo fenecido en España veinte años antes. Pero aún lo es más hoy. Y va camino todavía de acelerarse, en unas magnitudes que podrían empezar a poner en riesgo el paralelismo.

Los tres dogmas nacionales de Vázquez de Mella

En el ya mentado proceso de maduración doctrinal y político del carlismo, en su relación con América, hay un hito que no puede ser soslayado. Por la importancia de su protagonista. Y por la significación del empeño. Se trata de la acuñación por Don Juan Vázquez de Mella, quizá el más relevante representante del carlismo intelectual, pero también militante, del primer tercio del siglo XX, de los llamados “dogmas nacionales”. Aunque se refirió a ellos en muchas ocasiones, desde el decenio de los noventa del siglo XIX, los formuló y desarrolló en sendos discursos en el Teatro de la Zarzuela (1915) y en el Círculo del Ejército y la Armada Barcelona (1921). Se trataba, a su juicio, de trabar en un programa de política exterior permanente las energías necesarias para dominar en sus dos orillas el Estrecho de Gibraltar, para unir la Península a través de la federación con Portugal y, a partir de ahí, para alcanzar también la unión con Hispanoamérica. Por tanto no era una pretensión tan imposible sino una reconquista de algo que existió.

No puedo, lamentablemente, en esta conferencia, extenderme en glosar las páginas soberbias y llenas de matices de Mella. Se quejaba amargamente, en primer lugar, de la tutela en que vivíamos en el Estrecho, y no ya por la plaza de Gibraltar, en poder de Inglaterra desde el tratado de Utrecht, sino también por Tarifa, merced a la prohibición contenida también en dicho tratado de establecer fuertes en toda la costa africana nuestra a la sazón. Como también lamentaba, a continuación, el influjo de nuevo inglés sobre Portugal, que podría sustituirse sin perjuicio para sus intereses y con gran ventaja por una federación que respetara su independencia, sólo condicionada por esta política peninsular e internacional. Y, finalmente, terminaba con la convocatoria de los países americanos, también sin merma de una independencia ya asentada durante un siglo (casi dos ahora), a una federación espiritual que los liberara del influjo sajón, inglés y gringo.

Puede verse la lucidez del planteamiento que fija en Inglaterra, más que en Francia, con cuyos intereses insiste en que cabe el acuerdo, el enemigo de nuestro mundo. Como la inserción como ese esquema de política exterior dentro de su visión regionalista y sociedalista. Llega por ello a decir en un discurso en la Semana Regionalista de Santiago de Compostela de 1918: “Imperialismo federativo. En esa forma es donde hemos de unirnos y asociarnos todos para que esa unidad resplandezca y la solidaridad interior se traduzca exteriormente en un ideal común de los tres dogmas nacionales. ¡Luchemos por esa bandera noble, desinteresadamente y triunfaremos; pero hay que impedir a todo trance que se le bastardee para encubrir ambiciones de meros cacicatos!”.

De España a Las Españas

La cruzada de Mella no quedó sin recompensa en el mundo del pensamiento hispano. En España y en América. El término Hispanidad no fue el menor logro. Utilizado por vez primera, probablemente, por el sacerdote vasco Zacarías de Vizcarra, en un artículo publicado en Buenos Aires en 1926, su popularización se debe a Ramiro de Maetzu, que -a la vuelta en su embajada en la Argentina a finales de los años veinte- empieza a perfilarlo en los primeros treinta, consagrándolo en su Defensa de la hispanidad (1934). Poco después Manuel García Morente, tras la súbita conversión en los inicios de la guerra (lo que llamó “el hecho extraordinario”), se lanzará a su conceptualización filosófica en sus Idea de la hispanidad (1938) e Ideas para una filosofía de la historia de España (1942). El inolvidable Rafael Gambra, a propósito de este último libro, en un ensayo sugestivo en extremo, mostró cómo el descubrimiento y aceptación de la fe no libró de sus hipotecas doctrinales al antiguo decano de la Filosofía de la Universidad de Madrid, traductor de Kant y amigo de Ortega; pero implicó, en cambio, de modo inmediato la comprensión de que la historia de España estaba ligada a la Fe católica y que la “europeización” (en el fondo descristianización) era un “imposible histórico”.

Sin desmerecer tales esfuerzos entroncados en la gigantesca y piadosa tarea del coetáneo de Mella y gigante de las letras Don Marcelino Menéndez y Pelayo, lo cierto es que en los “dogmas nacionales” de Mella se podía encontrar una singularidad, con toda seguridad derivada de su adhesión a la dinastía legítima y su pertenencia a la Comunión Tradicionalista: el designio político, el deseo de hacer trascender el plano de los hechos a las ideas. Esa es la grandeza de Mella y esa es la grandeza del carlismo.

Por eso, dentro de la verdadera eclosión de que gozó la idea de la Hispanidad en los años siguientes a la guerra de liberación, hemos de destacar de nuevo el papel del tradicionalismo político en su desarrollo más agudo y ambicioso. Aquí no puede dejar de mencionarse la obra del profesor Francisco Elías de Tejada. Obra escrita, objetivada en un mar de publicaciones, y obra personal, en una red ingente de amigos y discípulos.

Puede decirse que durante muchos años Elías de Tejada fue el gran apoyo de que dispuso el Rey Don Javier, que lo llevó beneméritamente a solas durante mucho tiempo, para el mantenimiento y avance de las relaciones internacionales de la Comunión. Piénsese en lo que implicó la revista Reconquista, aparecida a iniciativa suya en Brasil, en 1949, y que sobrevivió hasta 1955, dirigida por el gran José Pedro Galvâo de Sousa, y que la Comunión Tradicionalista apoyó como propia. O la participación de una buena parte de intelectuales americanos en las actividades del Centro de Estudios Históricos y Políticos “General Zumalacárregui”, fundado también por Elías de Tejada en 1963. Y finalmente la creación, en 1972 de la Asociación Internacional de Iusnaturalistas Hispánicos “Felipe II”, de nuevo ideada y fundada por el gran polígrafo extremeño, que contó con secciones en la Argentina, Brasil, Chile, Perú y hasta los Estados Unidos, encabezadas respectivamente por Don Raúl Sánchez Abelenda, José Pedro Galvâo de Sousa, Gonzalo Ibáñez Santa María, Vicente Ugarte del Pino y Frederick D. Wilhelmsen.

Su obra, por otra parte, constituye una suerte de “menéndez-pelayismo político”, esto es, un intento de la reconstrucción de la historia de la tradición política española empleando los criterios que don Marcelino empleó para rehacer la historia de las ideas estéticas, y no una mera aceptación acrítica de los juicios de éste, tocados por el liberalismo conservador de Cánovas. Un quehacer que desemboca en una teoría de las Españas: “Brazo armado de Cristo sobre la faz de la Tierra (…). Unas y varias, nunca unificadas al ser hijas de la historia y no frutos de ninguna locura matemática de cuño democrático. (…) Integradas por tantos pueblos de tantas peculiares diferencias, unidos en la fe en el mismo Dios y en la fidelidad al mismo Rey”.

La Hispanidad como eje de la política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón

Ya cerca de nuestros días ha sido el abanderado de la Tradición, legítimo heredero de la Dinastía Carlista, y Regente de la Comunión Tradicionalista, S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, quien se ha destacado por situar la Hispanidad en el corazón de su quehacer político. Desde su presencia permanente en Hispanoamérica, que ha recorrido de punta a cabo, y que conoce profundamente en su historia y en su realidad política, social, económica y cultural actuales. Hasta sus escritos. Permítanme recordar ahora tan sólo dos de entre los últimos.

En primer lugar, su Manifiesto de 18 de julio de 2001, quizá el de mayor densidad doctrinal de los por él lanzados: “En las Españas, la Hispanidad repartida por todos los continentes, que ha sido la más alta expresión de la Cristiandad en la historia, radica nuestra principal fuerza. A la reconstrucción de su constitución histórica y a la restauración de un gobierno según su modo de ser debemos dedicar todos nuestros empeños. Desde que una parte creciente de los españoles los olvidara, a partir de los días de la invasión napoleónica, sólo hemos tenido decadencia e inestabilidad. La actuación del carlismo impidió que la decadencia se consumase en agotamiento, quizá fatal. Porque, aunque nuestros antecesores no llegaran a triunfar, su resistencia, aquel ‘gobernar desde fuera’ que practicaron, impidió la muerte de nuestro ser. No puede ser otro el papel de nuestra Comunión, baluarte desde el que confiamos conservar los restos que -si Dios lo quiere-, nos permitan el triunfo, el ciento por uno de nuestros desvelos, además de la vida eterna que es- por encima de todo- lo que deseamos alcanzar. Como escribió mi padre en su Manifiesto de tres de abril de mil novecientos cincuenta y cuatro: ‘Aun con nuestra limitada visión humana, tenemos que aprender que obedece a un plan providencial la conservación sorprendente de esta selección de hombres que a lo largo de un siglo ha mantenido la pureza de sus ideales frente a la persecución, la derrota y el hastío’ de esta pureza de ideales, y no de la cesión a cualesquiera de las tentaciones de adaptación que por doquier nos asechan, ha de nacer la victoria que necesitamos. Que este siglo que comienza sea el de nuestras Españas”.

También resulta expresivo su mensaje inaugural del I Foro Internacional “Identidad y Legado Histórico” celebrado en Santa Fe de Bogotá en 2005: “Nacido en el exilio, como mis antepasados, por la fidelidad a la Causa del tradicionalismo carlista, tal hecho nunca ha supuesto que me apartara de lo que significa la esencia de España y de las Españas. Como vivir en la Madre Patria peninsular me resulta difícil por razones políticas que entenderéis perfectamente, viajar por esta orilla occidental de la Hispanidad, por las patrias hermanas de Hispanoamérica, me hace reencontrarme siempre con la España grande que llevo en el corazón”.iDiBfmi“Carlismo para hispanoamericanos” Miguel Ayuso.

 

 

 

Carlismo para Hispanoamericanos (parte 2 de 4)

…Que supone una nueva lectura…

La anterior presentación, por escueta que haya sido, rompe la bipolaridad absolutismo (a la que se adscribe al carlismo) y liberalismo, cargado éste de todas las valencias positivas mientras se atribuyen aquel todas las negativas.

Para empezar muestra una mayor proximidad entre absolutismo y liberalismo que la que estamos acostumbrados a encontrar, así como distingue el realismo netamente de los anteriores. Que entre absolutismo y liberalismo se da una íntima continuidad no es ningún secreto desde que Tocqueville lo hubiera tematizado en su libro L’ ancien régime et la Revolution, menos conocido que La démocratie en Amerique, pero no menos importante. Desde un ángulo teorético está igualmente bien asentado que el esquema de Locke o Rousseau, al que se acogen hasta el día de hoy todos los liberales que en el mundo han sido, respectivamente en su versión inglesa o francesa, no son en el fondo sino revisiones del de Hobbes, padre de la ciencia política moderna y forjador del Leviatán del Estado moderno, nacido con las monarquías absolutistas. Pero es que en la historia hallamos constatación de tales nexos. Ciñéndonos tan sólo a la de la España peninsular, en el periodo crucial de la guerra con Napoleón, en primer lugar, es de observar la naturaleza religiosa y patriótica (en sentido tradicional) que la anima inscribible por lo mismo en el seno espiritual del “realismo”, mientras que liberales y absolutistas o son “afrancesados” o (como escribiera Menéndez Pelayo) sólo por una loable inconsecuencia” dejaron de afrancesarse. Pero sobre todo, en segundo término, es en la llamada significativamente por los liberales “década ominosa” cuando encontramos una evidencia aún más contundente: pues en apariencia los liberales están siendo perseguidos, los absolutistas están sentando las bases del régimen liberal, a comenzar por la reforma administrativa, militar y hacendística, pero sobre todo con el golpe de estado legislativo que abrió la sucesión femenina, instrumental indiscutiblemente a la instauración del nuevo régimen. Por algo puede haberse dicho que éste debe más a la “década ominosa” (1823-1833) que al “trienio liberal” (1820-1823), esto es a un período considerado absolutista que a otro que encarna el liberalismo más extremo.

Para seguir con la singularidad de un realismo, eminentemente popular y al inicio principalmente espontáneo y no formalizado, pero que pronto hallamos cuajado doctrinalmente (todavía no siempre terminológicamente) en el “Manifiesto de los Persas”, de 1814, contrafigura de la Constitución doceañista, y movilizado militarmente en 1820, contra el trienio, en lo que Rafael Gambra llamó “la primera guerra civil de España”, para postular decididamente a Don Carlos contra Fernando VII a partir del “Manifiesto de la federación de realistas puros” en 1826 (en plena “década ominosa”, nueva anomalía carente de sentido en la lectura heredada) y terminar propiamente en el carlismo a la muerte del Rey Fernando en 1833, una vez intentada la usurpación luego consumada. Mas allá de la falta de depuración de algunos conceptos (ya dijimos que la profundización de la teorización tradicionalista se ha ido produciendo conforme iba debilitándose la vivencia), el tradicionalismo político español está en pie con el lema “Dios-Patria-Rey”, que más adelante se perfeccionaría en “Dios-Patria-Fueros-Rey”.

…Y su traslación americana

¿Podríamos trasladar a la América hispana una reconstrucción semejante?

Para la escueta respuesta afirmativa, desde luego, se alza ante nosotros una indisimulable dificultad inicial, a saber, la mediación de la “cuestión nacional”, en el fondo ni siquiera aún a la sazón, dejémosle pues en la “cuestión de la independencia”. Que distorsiona los esquemas, dándoles un sentido del todo diverso, y que fuerza una solución más matizada. Por eso nos aproximaremos con cautela, no digo sinuosamente, que no es el caso, pero en cierto sentido prudentemente.

Es cierto, lo acabamos de apuntar, que también en la península ibérica los primeros pasos de la revolución liberal coincidieron, desde luego de otro modo, con la cuestión “nacional”, mejor también aquí la de la “independencia”, que así se llama la guerra suscitada por la resistencia ante la invasión napoleónica. Subrayo lo de antinapoleónica, pues -pese a una distorsionada historiografía dominante- no se trató tanto de una guerra contra el francés como contra el hereje, ya que los franceses que venían con Napoleón eran -así rezaba un catecismo patriótico de la época- “modernos herejes pero nietos de antiguos cristianos”. Por lo mismo que los franceses que llegaron con el Duque de Angulema apenas unos pocos años después, a reponer en 1823 al Rey y a liquidar al tiempo al régimen liberal, fueron recibidos con entusiasmo popular. Otra cosa es el comportamiento decepcionante del Rey Fernando tanto en 1814, derrotados los franceses (liberales), como en 1823, derrotados los liberales por los franceses (católicos). Como otra también la habilidad de los liberales para sacar tajada en todo momento, desde 1812, aprobando una constitución hechura de las ideas que el pueblo estaba combatiendo en los campos de batalla, hasta 1833, aupándose al poder con la sucesión femenina. Ello conduciría a relativizar la importancia del factor nacional, o más bien, a ponerlo en su sitio, pues los liberales que estaban en la Península lograron -cuadratura del círculo- establecer el liberalismo al tiempo que combatían a los heraldos del mismo.

No muy diferente es lo realmente ocurrido en América. Donde al inicio encontramos Juntas que protestan defender al Rey y a la Familia Real, secuestrados por Napoleón, mientras rechazan al hermano de éste. O donde también se vitorea al Rey y se rechaza en cambio el mal gobierno. Luego llegarán las justificaciones pseudo-escolásticas ampliamente estudiadas por Carlos Stoetzer. O la retórica nacional. En puridad, debajo del gran torrente de los acontecimientos, está la fuente de las ideas liberales, de los intereses económicos y de las potencias extranjeras.

Por eso, no es desacertada la visión que encuentra la raíz de la secesión no, desde luego, en la resistencia a una opresión trisecular, sino en la contienda fratricida prendida con ocasión de la mentada invasión napoleónica y que escinde tanto a unos españoles que viven en una vieja península ibérica de otros trasplantados a América, pero también a estos entre sí, como a aquéllos entre sí. Contienda en la que se dieron toda suerte de confusiones y en la que en ocasiones fue dado, sí, ver a “realistas” masones y liberales juntos con “criollos” católicos y tradicionales. Pero en la que lo común fue encontrar al pueblo sosteniendo la causa del Rey frente a unos libertadores de los que no esperaban conservaran la libertad cristiana sino instauraran la opresión liberal.

Los testimonios son múltiples y se hallan por doquier. Evoco tan sólo el del general Joaquín Posada Gutiérrez, tan próximo de Bolívar. “He dicho poblaciones hostiles [a la liberación independentista], porque es preciso que se sepa que la Independencia fue impopular en la generalidad de los habitantes; que las clases elevadas fueron las que hicieron la revolución; que los ejércitos españoles se componían de cuatro quintas partes de hijos del país; que los indios en general fueron tenaces defensores del gobierno del Reino, como que pretendían que como tributarios eran más felices que los que serían como ciudadanos de la República”. Sólo olvida mencionar a los negros, casi unánimemente realistas, como ha demostrado en un estudio original el historiador boyacense Luis Corsi Otálora. Por eso, Ilustración liberal, masonería (sobre todo) inglesa e intereses de la plutocracia son los elementos principales de los procesos de secesión. El presidente colombiano López Michelsen, por no salir del ámbito de la Nueva Granada, habló por lo mismo en un ensayo notable de “la estirpe calvinista” de las instituciones republicanas.

No sería fácil extender, con los matices pertinentes, el juicio a toda América. La Corona, durante tres siglos, había sido el garante -ha dicho en un notable texto Ricardo Fraga- de la continuidad institucional, la unidad política y la totalidad territorial. Por eso la inacción e incomprensión fatales del rey Fernando VII ante lo que ocurría permitió el desbordamiento centrífugo de los gérmenes disgregadores de variado orden represados sin un solo soldado hasta entonces por la Corona. A partir de lo que Marius André, en un libro famoso prologado por Maurras y en la versión castellana por mi maestro Eugenio Vegas Latapie, llamó “las guerras civiles de la revolución” no sólo se tornó inviable el retorno de la monarquía y con ella de la continuidad, sino que naturalmente se inició (aunque no apareciera en los programas iniciales) “la secesión de la secesión”. Lo escribió el nicaragüense Julio Ycaza Tigerino: “la Independencia hispanoamericana no es solamente la separación de España, es un desmoronamiento total, como el desgranarse de una mazorca de pueblos. No es un movimiento de las provincias americanas contra la metrópoli, sino muchos movimientos. Ni una sola gran independencia sino muchas pequeñas independencias. Y todavía después de 1821 el proceso de desmoronamiento seguirá dentro de las mismas patrias independientes. Todas quieren ser independientes unas de otras, y en Centroamérica se llega hasta el ridículo de dividir la ya pequeña patria, recién separada de Méjico, en cinco minúsculas repúblicas.
Y es que la Independencia no fue otra cosa que el estallar del individualismo español, perdida la fuerza centrípeta del ideal hispánico que unificaba aquel inmenso Imperio. Por eso el proceso de la independencia no terminó con la separación de España. Siguió más allá en América con la separación entre sí de las provincias que formaban el Imperio Mejicano, la Gran Colombia y el antiguo Virreinato del Río de la Plata, y es el mismo que en España alienta aún bajo el separatismo vasco y catalán”.

Historias paralelas

Pero no es objeto de esta charla el asunto de la Independencia americana, que un tanto frívolamente he abocetado en lo anterior con trazos en exceso gruesos. Ahora bien, tirando por elevación, podríamos obtener una conclusión de un cierto interés relativo al paralelismo de las historias española (tomando ya el término en su triste sentido restrictivo) e hispanoamérica.

No sorprenderá lo anterior si referido al período anterior a la creación de las Repúblicas, pues ambas formaban parte de un mismo cuerpo político. Aunque quizá incluso en cuanto a esta fase pudiera encontrarse un sentido más hondo que ese más obvio. Pues desde el primer momento -se ha dicho- los conquistadores y pobladores hacen suya la tierra descubierta y ocupada, la convierten en el centro de sus afanes y pretenden construir allí otras tantas Españas como la que cada uno de ellos llevaba en su corazón. De ahí viene la curiosa nomenclatura de las grandes regiones de la América hispana: Nueva España, Nueva Granada, Nueva Andalucía, Nueva Galicia, Nueva Castilla… en países cuya gran dislocación geográfica en nada podía recordar, como no fuere de un modo simbólico la modesta orografía peninsular. En tal decisión arraigaba un hondo significado, ha dicho el filósofo Jesús Arellano, el de vivir en América históricamente, esto es, integrarla en la propia historia y convertirla en sujeto de historia. Tarea inmensa en que estuvo presente la Corona, pero que también se hizo a un margen de la misma, como impulso ascendente, de abajo arriba, que aquella encauzó y legitimó. Ya en la segunda mitad del siglo XVI existía en América un orden jurídico, político, social asombrosamente fiel trasunto del orden cristiano de España, de tal modo que -por más que venida al mundo en el renacimiento español- puede decirse sin error que Hispanoamérica ha tenido una Edad Media con las mismas características que la peninsular: la del espíritu que le infundieron sus pobladores. Esa es la razón por la que el historiador Rodríguez Casado observase que ninguna ciudad de América fundada por españoles produzca la impresión de tener tan sólo tres o cuatro siglos de historia; por el contrario, las costumbres, el género de vida, nos hace pensar, inmediatamente, en cualquier ciudad europea con diez, doce o quince siglos a sus espaldas. Las capitales, las villas, han sido asumidas tan radicalmente al complejo hispano, están tan entroncadas con lo medieval español como cualquier ciudad castellana o andaluza. Y los hombres y pueblos poseen desde el siglo XVI, incluso en aquellos países que estaban y están habitados por indios, el mismo acervo moral y cultural que los hombres y pueblos de España. Cuando el profesor estadounidense Frederick Wilhelmsen conoció el Ávila del decenio de los cincuenta del siglo pasado, sintió ese espesor de la historia, que falta a su país natal y se quedó a vivir algunos años en esa vieja Ciudad de los Caballeros, que después sería también de Santa Teresa. De modo que Rafael Gambra, el gran maestro del tradicionalismo contemporáneo, pudo decir de él que con pocos había podido sentir el pálpito de una misma tradición común. Ni que decir tiene que Frederick Wilhelmsen, hombre por momentos atrabiliario, pero caballero del ideal, no sólo se hizo monárquico, sino carlista, recibiendo del Rey Don Javier la Cruz de Caballero de la Orden de la Legitimidad Proscrita y disponiendo que sobre su féretro se depositase una boina roja. Perdonen el recuerdo del inolvidable amigo, que frecuentó también durante años este Río de la Plata, donde ganó el aprecio de tantos.

…Y Políticas Paralelas

Donde, sin embargo, el paralelismo histórico que estoy sugiriendo alcanza otro significado menos evidente y por lo mismo más interesante es, claro está tras la separación de los respectivos cursos vitales. Por ello no estará de más que le dediquemos alguna consideración.

Desde luego que, en primer término reviste una gran trascendencia para afirmar la identidad actual del mundo hispánico. El lejano trasterrarse de la civilización hispánica en América no podría resultar aún operante si para el momento de la separación lo español no hubiese ya cristalizado en América. Pues, sea cual fuere la madurez que a la sazón habían alcanzado los pueblos hispanoamericanos, para entonces estaba ya fraguada su personalidad hispánica. De otro modo las grandes corrientes migratorias de finales del siglo XIX y principios del XX habrían alterado hondamente su faz. Lo que no ocurrió. Antes al contrario la asimilación de las masas inmigrantes se produjo principalmente por la vía de la hispanización. Pese a la existencia de minorías (que también se dieron en España) afrancesadas, germanizadas o anglófilas, dependiendo de los tiempos y de los lugares que se avergüenzan de su progenie y que no llegan a cuajar, o lo hacen en la misma forma en que lo hicieron en España afrancesados, germanizantes o anglófilos. De modo postizo y epidérmico. Ajeno al verdadero sentir del pueblo. Esa identidad cultural mantenida tras la llamada “emancipación” se trasluce en los grandes espíritus, tan diferentes por otra parte entre sí, de los peruanos José de la Riva-Agüero o Víctor Andrés Belaunde a los mejicanos José Vasconcelos o Carlos Pereyra, pasando por el colombiano Antonio Gómez Restrepo, el chileno Gonzalo Bulnes o los rioplatenses Ricardo Treyes y Eduardo Madero.

Pero lo que más interesa al objeto de nuestro argumento de hoy, es el paralelismo político. La emancipación política pareciera que debía arrastrar la emancipación vital. Pero, por el contrario, nada de esto ocurrió.

En un primer orden de consideración, roto el vínculo político Hispanoamérica marcha, sin embargo, por un camino similar al de España. Así ya desde el inicio encontramos los mismos procesos a uno y otro lado del Atlántico.

La inestabilidad y el desastre acumunan las caracterizaciones aquí y allá. En ciertos casos los cambios constitucionales se suceden sin cesar, por lo menos en algunos períodos. En otros ni siquiera es preciso cambiar el ropaje de las leyes para que prosiga el carrusel de las revoluciones y las sucesiones de gobiernos. El chileno Bernardino Bravo Lira ha estudiado a este punto muy pertinentemente cómo el mundo hispano ha constituido una suerte de agujero negro para el constitucionalismo liberal, que nunca ha llegado a consolidarse entre nosotros y que, por el contrario, ha venido a resultar una suerte de decorado de cartón de piedra con tecnicismo tudesco Scheinkonstitutionalismus.

A continuación, en segundo lugar, no es de echar en olvido que la divisoria de aguas de los conflictos es también la misma a ambos lados del Océano: el liberalismo contra el catolicismo. Con muchas semejanzas. Pero quizá con una diferencia. Ligada al drama acaecido en Hispanoamérica por causa de la coincidencia de su venida a la vida “independiente” con el auge del liberalismo. Y la pervivencia en España del carlismo como factor de continuidad del viejo orden. No es en verdad pequeña la diferencia. Y no sé si se ha insistido lo suficiente en la misma.

Vamos primero con las semejanzas, que podemos contraer a una observación esencial sobre el pueblo. El veneno liberal se expandirá principalmente por el alto clero y la nobleza, amén de por una burguesía enriquecida en buena parte por desamortizaciones que tienen por objeto -amén del odio a la Iglesia- crear clases pudientes al servicio de la revolución (y, en España, también de la dinastía usurpadora). El pueblo, en cambio, conservará en mayor medida y durante más tiempo la adhesión al entramado de costumbres, instituciones e ideas del antiguo orden. En el carlismo tenemos el ejemplo del capitán Henningsen, aventurero inglés, capitán de Don Carlos durante la primera guerra, quien contaba cómo se podía viajar de Irún a Cádiz, esto es, de norte a sur de la península, alojándose en casas de campesinos, con riesgo de sus vidas sólo con decir que era oficial de Don Carlos. La evolución posterior convertirá buena parte de ese pueblo en masas, a veces incluso revolucionarias. En América no me resisto a evocar la interpretación del Martín Fierro o de las vicisitudes del “Chacho” Peñaloza de mi admirado don Rubén Calderón, a quien acabo de rendir preceptiva visita en su Mendoza querida, también mía, y dónde he disfrutado como siempre de su amistad y de su ciencia, sapientia cordis es la fórmula la filosofía cristiana de mejor ley.

expansión

“Carlismo para hispanoamericanos” Miguel Ayuso

 

 

 

 

Carlismo para Hispanoamericanos (parte 1 de 4)

Introducción

Quienes tuvieron la paciencia de seguirme el año pasado ya saben que, según una síntesis del profesor Francisco Elías de Tejada, que podemos hacer propia, el carlismo se caracteriza por tres factores: una bandera dinástica legitimista, que personifica la continuidad histórica de las Españas y se hace consciente abrazando la doctrina tradicionalista.

La bandera dinástica, en efecto, permitió corporeizar y encarnar los otros dos elementos, que sin ella probablemente se hubieran disuelto o no hubieran pasado de una société de pensée. La continuidad histórica, por su parte, consintió trascender la fragmentación que caracteriza los tiempos modernos: la vieja España (las viejas Españas) pervive a lo largo del tiempo y a partir de ella el tradicionalismo hispánico, en el surco de la segunda escolástica, se desenvuelve libre de la ponzoña de las ideologías. Aunque, entre tanto, el pensamiento moderno, y tomamos el término (conforme hemos dicho en otras ocasiones) en un sentido axiológico y no simplemente cronológico, haya portado a la disolución del orden teórico y práctico de la Cristiandad, imposibilitando la unidad según síntesis de éste, y aislando a la postre la terquedad hispana.

La singularidad del Carlismo

Quizá no se haya resaltado lo suficiente esa singularidad que aleja al tradicionalismo hispánico, al carlismo, de nacionalismos, sindicalismos, autoritarismos y otros ismos varios. Pues el modo de pensamiento ideológico, ligado a la afirmación del Estado moderno, que es distinto de la comunidad política natural, absolutiza perspectivas de pensamiento parciales, que pone seguidamente al servicio de una acción uniforme total. Solo así pudo confundirse por algunos, al comienzo, el carlismo (que es esencialmente monárquico y, si quisiera jugar con las palabras, absolutamente monárquico) con el conservatismo tocado de ilustración que fue el “absolutismo monárquico”. Como luego, con el correr del tiempo, sólo con grueso error pudo aparecer a otros alentando detrás de los nacionalismos particularistas peninsulares. E incluso, más cerca de nuestros días sólo ese cuadro acierta a explicar el intento de asimilarlo en el confusionismo de partidos únicos de nombres inarticulados y larguísimos. O de convertirlo en una suerte de socialismo autogestionario de matriz progresista en el seno de un frente de fuerzas en su mayor parte marxistas. En todos estos casos, y en otros que pudieran haberse colacionado, siempre despunta la ideología, omnipresente en el contexto intelectual de la modernidad, aunque algunas de sus formulaciones históricas más características parezcan hoy periclitadas: de ahí el espejismo del “ocaso de las ideologías”.
El carlismo, en cambio, como continuidad del orden pre-estatal de la Cristiandad, conservado en los pueblos hispánicos y personificado en una dinastía legítima, resulta ajeno al canchal de las ideologías. De ahí que armonice en su seno aspectos que en el mundo moderno resultan, si no opuestos, por lo menos en equilibrio inestable. Y de ahí que, en la práctica política si no le ha resultado difícil encontrar afinidades parciales y temporales con múltiples fuerzas políticas, de los republicanos a los federalistas o a los monárquicos alfonsinos “tradicionalistas”, a la postre no le es fácil entrar en “frentes” que se pretenden integrales. Porque no se me acuse de un lenguaje demasiado alusivo y, al final elusivo: con frecuencia se sigue reclamando del carlismo la adhesión a coaliciones o alianzas con fuerzas políticas que se autodenominan “nacionales”, al objeto de hacer frente al avance de la Revolución; sin embargo, tales fuerzas han nacido y siguen siendo revolucionarias formaliter loquendo (como el falangismo), o más allá de lo que tienen de sana reacción frente a los más punzantes errores modernos se presentan como un sincretismo de matriz moderna y signo sólo conservador (como el falangismo).

Un escolio entre afines

En esto el cambio de los tiempos no ha ayudado. Pues con la Falange hubo un intento de maridaje (impuesto), no querido por ninguna de ambas partes, pero que podía tener su explicación en tiempos bélicos y de confusión doctrinal característicos de lo que se han llamado los “fascismos”. Poco a poco se vio la profunda incompatibilidad no sólo de doctrina, sino incluso de estilo, a partir del origen acatólico del falangismo. Hoy, la pervivencia, de éste resulta incluso anacrónica, a la luz de una visión profunda de la historia y sus tendencias, lo que hace más clara la falta de necesidad de un frente que aglutine fuerzas de orígenes tan distantes y distintos. El franquismo, más o menos renovado, de un lado, no ha podido liberarse del influjo falangista, mientras que de otro reclamaba la herencia tradicionalista principalmente en sede de lo que se ha llamado (con término en realidad impreciso) confesionalidad católica del Estado. No sólo el cambio que siguió en este punto al II Concilio Vaticano, sino el de las propias circunstancias sociales han ido empujado suave pero inexorablemente a los portavoces de esta línea a un “humanismo de inspiración cristiana”, propia, aunque quizá inconscientemente demócrata-cristiano, coloreado de elementos nacionalistas y populistas, con el que al carlismo le ha resultado cada vez más difícil entenderse. Un último factor que ha retraído a las autoridades de la Comunión Tradicionalista de suscribir acuerdos con las mentadas fuerzas es el de la exigüidad de los efectivos de todos, incluida aquella. Puesto que las coaliciones o frentes se postulan siempre con vistas a procesos electorales, de su enjuiciamiento prudencial no puede excluirse el carácter conducente o no al fin para el que se diseñan y hoy más que nunca políticamente la suma de ceros da cero. Nada de lo anterior obsta al mantenimiento de cordiales relaciones personales con quienes militan bajo esas banderas; lo único que venimos reclamando con reiteración es que no se nos pretenda “unificar” de nuevo a la fuerza.

Máxime cuando el tradicionalismo político español ha realizado durante el siglo XX, y al tiempo que su entramado popular vivencial decrecía y se agostaba, como para demostrar una vez más que la reflexión filosófica sobre la política es un saber de crisis, una depuración doctrinal hondísima que ha alcanzado no sólo a los condicionamientos del neotomismo finisecular (del ochocientos), sino que incluso ha incluido las ambigüedades de la escolástica áurea y argéntea.

Puede que algunos les parezca extravagante este preámbulo, pero les aseguro que, de una parte, introduce cuestiones que han de volver en lo que sigue, y de otro aborda derechamente un obstáculo de comunicación que los carlistas solemos tener en Hispanoamérica más que en ningún otro sitio, desde luego sin parangón con la Vieja Península del otro lado del Atlántico, pues buena parte de nuestros amigos, por razones que no entro a juzgar ahora, son víctimas del espejismo denunciado en el escolio. En todo caso, tómelo como inherente al estilo oral, que a veces vuela con excesiva libertad.

Una retrospectiva histórica

Lo anterior habrá servido, cuando menos, para mostrar de un golpe algunas de las dificultades de que se presenta erizado el tema que se me ha confiado, en continuidad con el del pasado, para este año. A mi juicio el argumento puede abordarse en retrospectiva o en prospectiva.

Así pues, la primera observación concierne a la historia. Que a su vez puede contemplarse desde distintos ángulos, por ejemplo el de entrecruzarse de la historia del carlismo con la americana. A este respecto existen meritorios trabajos, singularmente en este Río de la Plata, pienso en Bernardo Lozier, pero también en la otra orilla de nuestra común Nación. De todo el haz de hechos que pudieran evocarse a este respecto quizá resulte ejemplar el del viaje de S.M.C. Don Carlos VII, tras la derrota de la tercera guerra, por este Ultramar, en el que fue recibido por honores de Jefe de Estado en Colombia como en Chile y en la Argentina como en Brasil.

Pero no es ese el terreno en el que quisiera entretenerme y entretenerles. Prefiero situarme en un ámbito que toca más bien las categorías generales. Porque el carlismo no es ajeno a la lectura de la historia, singularmente la contemporánea, y la lectura de la historia requiere del andamiaje de las categorías historiológicas, o cuando menos historiográficas.

Don Federico Suárez Verdeguer, carlista luego rallié a la monarquía liberal, quien sabe si merced a la gravitación del instituto secular al que pertenecía, que -ahora puede decirse- le impuso por aquellas fechas la capellanía del entonces niño que hoy vive en el Palacio de la Zarzuela, en todo caso amigo siempre admirado de quien les habla, realizó en los últimos años cuarenta y primeros cincuenta una profunda revisión de la historia contemporánea española que resulta oportuno recordar aquí. La interpretación dominante de la crisis política del antiguo régimen y los balbuceos del régimen liberal, esto es, el periodo que se extiende entre 1800 y 1840, hasta entonces había venido lastrada por la limitación sectaria de las fuentes, excluidas las no liberales, y por la repetición acrítica de las mismas.

Siendo grave la primera de las deficiencias, la más nociva con todo era la segunda. Pues hubiera bastado incluso la reflexión problemática a partir de las fuentes de parte comúnmente utilizadas para que hubieran emergido netas las contradicciones, en suma, las falsedades. Frente a la presentación corriente de un carlismo sinónimo de absolutismo, conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno, y un liberalismo identificado con todos los bienes, sin sombra alguna de mal, el sabio historiador español descubrió por el contrario la existencia de tres actitudes, descritas inicialmente como conservadora, innovadora y renovadora.

Tales etiquetas por el momento, no responden tanto a los nombres con que son conocidas en los manuales de historia, sino más bien a una percepción de las tendencias fluidas que se encontraban en la sociedad española. Veámoslo un poco más a menudo.

En primer lugar puede aislarse un primer grupo humano de acuerdo conscientemente con la gobernación borbónica de finales del XVIII. Grupo reducido, pero selecto, integrado en buena parte por el alto clero y la nobleza cortesana, ha sido ganado por los ideales de la Ilustración. Regalistas en materia religiosa, centralistas en cuanto a la política territorial, indiferentes a las (decadentes) instituciones representativas tradicionales, que ven como una rémora o un residuo del pasado caduco. Cuando decimos conservador, pues, estamos diciendo en el sentido de conservación de un antiguo régimen ahormado por el absolutismo monárquico devenido en despotismo ilustrado. Es decir, un primer acto, luego tantas veces repetido de lo que Balmes definió un conservatismo que conserva… la revolución.

Las otras dos actitudes, por contra, se presentan inicialmente acomunadas por las ansias de reforma, pero ahí terminan sus semejanzas, abriéndose en cambio sus radicales diferencias. Porque el reformismo sólo implica un deseo de cambio, que puede encaminarse hacia senderos no sólo diversos sino aún divergentes. Eso es lo que ocurrió. Pues la denominada innovadora buscó la salida a la evidente crisis en la cancelación de la situación presente a comienzos de siglo, sí, pero también en la de la tradición española de la que ésta era desleída heredera. Grupo igualmente reducido, sus fuentes probablemente no eran tan distantes de las del grupo precedente, pero se iban a encaminar con más resolución a atajar la coyuntura. En tal sentido, eran igualmente regalistas (cuando no directamente anticristianos) y centralistas, y en cuanto a la representación postulaban una representación nacional diferente netamente de la estamental hasta entonces vigente, aunque (como ha quedado dicho) decadente. Son los que podríamos apodar de liberales.

La actitud renovadora, por su parte, no dejaba de ser leal al Rey, aunque coexistiendo con una difusa crítica a su gobierno. Católicos sinceros, amantes de los fueros y libertades locales y ligados a las instituciones tradicionales en que se basaba la vieja representación, puede decirse que la mayor parte de la población, con mayor o menor conciencia y vigor, pero en todo caso, engrosaba este grupo, que fue conocido como realista y concluyó en el carlismo.

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“Carlismo para hispanoamericanos” Miguel Ayuso

 

 

Prehistoria de Méjico

Hasta principios del siglo XVI, Méjico no existía ni como un Estado, ni como Nación, ni como Patria.
Además no existía ninguno de los elementos necesarios para que llegara a ser ni Patria, ni Nación, ni Estado.
El territorio de lo que después fue el Reino de la Nueva España era poco conocido y escasamente poblado por un conjunto confuso de entidades, colectividades, pueblos o tribus, en mayor o menor grado de barbarie, a las cuales los españoles llamaron -por darles algún nombre- reinos, repúblicas, señoríos y cacicazgos.
Estas colectividades tenían dioses diferentes. Hablaban multitud de lenguas o dialectos. Se regían con diferentes sistemas o grados de relaciones o de sumisión unas con respecto a otras, e irreconciliablemente enemigas o en guerra continua otras.
En el Valle de Méjico se encontraba la entidad más poderosa y su Capital, la Gran Tenochtitlan, con una zona de influencia o dominio más o menos estrecho que se extendía desde el Golfo de Méjico, con Veracruz y Tabasco, hasta el Océano Pacífico con Guerrero y Oaxaca.
Pero muy cerca de la gran Tenochtitlan, en el mismo Valle de Méjico y actualmente, sólo barrios de la Ciudad de Méjico, estaban los reinos de Tacuba, Atzcapotzalco e Iztapalapa. Pero más alejados, pero dentro del mismo Valle de Méjico, los reinos de Xochimilco y Texcoco. Y también muy próximos los reinos de Cholula y Huejotzingo, y un poco más retirada la república de Tlaxcala, Más allá, se encontraba el reino de Michoacán, y al Sur los reinos de los mixtecas y de los zapotecas. Entre todos estos, muchos cacicazgos y señoríos. Y en el inmenso Norte, sólo tribus nómadas.
Los habitantes de cada una de estas colectividades estaban sometidos a un déspota y a unos cuantos señores, cuyo poder era ilimitado sobre vidas y haciendas; y todo este caos de entidades, más o menos sujetas o víctimas de la tiranía brutal y sangrienta del llamado Imperio Azteca.

“¿Había realmente un Imperio Azteca? Evidentemente no. Lo que había era un predominio de los aztecas, ya por vínculos de confederación con otros pueblos vecinos, ya por haber logrado una serie de brillantes campañas consiguiendo que fuera reconocida su potencia militar y que le pagasen tributo pueblos de lugares muy remotos. La verdad era que el país no contenía elementos unificadores para la creación de un Estado”.

Carlos Pereyra. “Historia de la América Española”.

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La religión de todos esos pueblos estaba basada o se reducía a una idolatría sanguinaria y feroz, llena de diabólicas supersticiones. Los sacrificios humanos llegaban a ser continuos y verdaderas hecatombes. Prevalecían el canibalismo, la sodomía y la embriaguez.
El fin principal de las continuas guerras que sostenían dichos pueblos era el de hacer prisioneros para sacrificar a los dioses, además de multitud de niños, mancebos, doncellas. El destino que normalmente esperaba a los desdichados moradores de esas tierras era la más abyecta esclavitud, o el ser sacrificados en honor de los ídolos,  cada vez más sedientos de sangre. Sólo para la dedicación del Templo Mayor de Tenochtitlán, aseguran los autores más modernos, se sacrificaron veinte mil víctimas, pero otros elevan su número a ochenta mil.

“De cuando en cuando se levantaba un nuevo templo. Cada nuevo monarca necesitaba el suyo, como los faraones y, entonces, el pueblo esclavo y los cautivos concurrían sin recibir salario alguno, en multitudes profundas, a la obra de los caudillos… El culto a los dioses tomó enormes proporciones. Dos o tres coincidencias entre las hecatombes humanas de los templos y el fin de alguna calamidad, acrecentaron por tal modo el prestigio de las deidades antropófagas, que los sacrificios fueron matanzas de pueblos enteros de cautivos, que tiñeron de sangre la ciudad y a sus pobladores: de todo ello se escapa un vaho hediondo de sangre. Era preciso que este delirio religioso terminara. Bendita la cruz o la espada que marcasen el fin de los ritos sangrientos.”

Justo Sierra. “Evolución Política del Pueblo Mexicano”.

“Era esta tierra un traslado del infierno; ver los moradores de ella de noche dar voces, unos llamando al demonio, otros borrachos. Todos estaban con las mujeres que querían y había alguno que tenía hasta doscientas mujeres y de allí abajo cada uno tenía las que quería y para esto los señores principales robaban todas las mujeres, de manera que cuando un indio común se quería casar, apenas hallaba mujer…”

Fray Toribio de Benavente (Motolinía) “Historia de los Indios de la Nueva España”.

“Pues comer carne humana, así como nosotros traemos vaca de las carnicerías; y tenían en todos los pueblos, de manera gruesa hechas a manera de casas, como jaulas, y en ellas metían a engordar muchos indios e indias y muchachos, y estando gordos los sacrificaban y comían y demás de esto, las guerras que se daban unas provincias y pueblos a otros, y los que cautivaban y pretendían los sacrificaban y comían. Pues de borrachos, no lo sé decir, tantas suciedades que entre ellos pasaban. Pues tener mujeres, cuantas querían… Tenían otros muchos vicios y maldades…”

Bernal Díaz del Castillo. “Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España”.

En cuanto a cultura y civilización, dichos pueblos desconocían la escritura fonética, y sólo usaban la de caracteres y figuras, o sea la jeroglífica. Desconocían el uso industrial y mecánico de la rueda, y no trabajaban el hierro. En general, desconocían las ciencias, las artes y oficios e industrias de Europa.
No tenían animales de tiro y carga, ni ganado vacuno, porcino, caprino o lanar y carecían de los principales cereales.
En cuanto a derecho, los macehuales o gente del pueblo no lo tenían ni a la vida ni a cosa alguna.
Por todo lo anterior se comprende fácilmente cómo faltaban todos los elementos para alcanzar una cultura y civilización elevada y abundaba en esas colectividades todo aquello que hace caer a los pueblos en un estado cada vez más bárbaro y salvaje.
Era de todo punto necesario destruir esa abominable práctica idolátrica y sanguinaria con todas sus supersticiones. Era necesario destruir los vicios nefandos y las maldades que practicaban esos pueblos primitivos y bárbaros. Era por último necesario destruir esos poderes despóticos, sin límite alguno. Destruirlos por medio de la ley natural y la ley divina. Destruirlos por consideraciones del bien común, para construir sobre sus ruinas el grandioso edificio llamado el Reino de la Nueva España.

Tomado del libro: “Nacimiento, Grandeza, Decadencia y Ruina de la Nación Mejicana” Pedro Sánchez Ruíz.